El mono egoísta. La tribu de la corbata

El mono egoísta. La tribu de la corbata

Documental “El mono egoísta. La tribu de la corbata”

Título: El mono egoísta. La tribu de la corbata
Director: 
Fernando López-Mirones
Productora: New Atlantis
Duración: 52 min
Año: 2011

Dado el buen rollo que nos transmitió el autor de este excelente documental cuando le contactamos para saber si había algún problema por su parte en que destripáramos (no nosotros, Jack, ya sabes…) “El mono egoísta. La tribu de la corbata”, y obviamente por lo mucho que nos gustó esta noble obra, decidimos que el documental era el mejor candidato para finalizar esta etapa de Nebula Draconis.

Del documental en sí poco más diré, ya que si se encuentra aquí colgado y destripado es, insistimos, porque nos ha encantado. Es de esa raza de documentales de los que no sólo se aprenden cosas nuevas sino que además vienen con MENSAJE, en este caso explícito hasta en el mismo título. La única pena, y esto no depende ni del autor ni del documental, es que es más que probable que los que actúan (actuamos) como nos recuerdan en él, sigan (sigamos) haciéndolo hasta el fin de nuestros días.

Sí comentaremos que ésta tenía que ser la primera parte de una trilogía, pero por cosas de la vida se quedó en esta única parte que nos ocupa. Una pena.

Del autor, Fernando López-Mirones, más allá de la simpatía que ya le tenemos por el mero hecho de haber realizado este noble trabajo y de su total disponibilidad para con lo que le solicitamos en su momento, pegamos su currículum abreviado, que no breve, que se encuentra en su blog Orca Films, donde podrás encontrar abundante información sobre sus muchos trabajos, viajes y premios:

El Director y Guionista de películas documentales de Historia Natural Fernando López-Mirones es biólogo-zoólogo de formación, y ha participado en mas de 130 películas documentales, siendo, por ejemplo, el primer español cuyos guiones han sido producidos por National Geographic Television y BBC Natural History Unit. Es también profesor en la Universidad Complutense de Madrid (Centro Universitario Villanueva) de Documental Científico y de Investigación en la licenciatura de Comunicación Audiovisual, Cine y Televisión e imparte cursos y conferencias sobre Filmación de Documentales de Historia Natural en todo el mundo. Sus trabajos han merecido muchos premios internacionales. Participa habitualmente como jurado en festivales internacionales de cine. Además escribe habitualmente en periódicos, revistas y publicaciones sobre el mundo natural, Cine y Documentales.

Todo un crack 😉

Ahora sí, después de darle de nuevo las gracias a Fernando, del que por cierto hace no mucho vimos otro de sus nobles trabajos sin saberlo hasta días después, Ultimatun, pasamos a ver(nos) y leer(nos) en “El mono egoísta. La tribu de la corbata”.

“Me llaman el mono egoísta. Pronto van a entender por qué.

Soy el primate que todos llevamos dentro sin saberlo. Pertenezco a la tribu con más éxito que jamás existió. Pero estoy desesperado. Algo no ha ido bien.

Voy a contarles cómo he llegado a esta situación.

Todo empezó hace muchos, muchos años…

Esta es la historia más antigua del mundo, la guerra que nos hizo como somos a nosotros los primates, pero el resto de los animales también. Nuestra estirpe evolucionó ahí fuera, en un mundo peligroso en el que sólo los triunfadores eran capaces de sobrevivir.

Algunas familias adquirieron colmillos, otras increíbles adaptaciones para prosperar en los lugares más inhóspitos del planeta.

Este enfrentamiento encarnizado nos hizo aprender, nos formó en la única ley en la que ahora somos maestros: competir, comer y destruir.

Desde una casta de primates vegetarianos tuvimos que aprender a matar y nos hicimos carnívoros. Pero nuestro pasado en los árboles nos marcó para siempre.

Todo iba bien. Nuestra especie se extendió por toda la tierra como una mancha de aceite, las grandes llanuras de África nos enseñaron el valor de un cerebro eficiente con el que podíamos cazar a las criaturas más descomunales y comérnoslas.

Los pastadores de hierba vivían en inmensas manadas que nos proporcionaron carne en abundancia. Acabamos con casi todos. Hoy sólo queda uno de los grandes, el último gigante al que hemos permitido vivir.”

El elefante africano es una máquina de comer vegetales que puede cambiar radicalmente el paisaje en el que vive. Es el mega herbívoro: 21 kilos de corazón al servicio de una trompa. Este, el mayor devorador de plantas del planeta, no es el único capaz de alterar su entorno de forma irreversible. Hay un simio cuya capacidad de multiplicación puede ser calificada como plaga: el mono egoísta.

A toda esta carrera de millones de años no somos ajenos los seres humanos; como animales formamos parte de ella. Pertenecemos a la vieja estirpe de los primates.

Nuestra familia empezó con animales parecidos a estos, primitivos comedores de insectos, pequeñas e insignificantes criaturas nocturnas que correteaban al amparo de los bosques entre los grandes reptiles dominantes. Poco a poco esto seres tímidos de ojos grandes ampliaron su dieta y resolvieron los problemas digestivos de comer vegetales. Nuestros antepasados descubrieron que la fruta y las hojas eran abundantes.

Para explotar este nuevo recurso la evolución les dotó de todo lo necesario. Su visión mejoró para encontrar la fruta madura, los ojos se desplazaron hacia la parte delantera de la casa y las manos se desarrollaron para agarrar y arrancar con precisión. Con esa nueva visión binocular y en color sus miembros aptos para la manipulación y su cerebro cada vez mayor fueron dominando progresivamente el mundo tridimensional de los árboles.

Hace entre 25 y 35 millones de años estos animales empezaron a evolucionar para convertirse en verdaderos monos.

Sus colas se alargaron y se hicieron flexibles. En vez de correr y saltar, empezaron a utilizar sus brazos columpiándose y asiéndose con las manos. Más tarde perdieron esas colas y su tamaño mayor les permitió estar más seguros cuando bajaban al suelo esporádicamente.

Somos descendientes de simios de bosque, un ecosistema lleno de comida y relativamente placentero. Allí arriba, a salvo de los carniceros del suelo, armados con garras y dientes enormes con los que no podíamos competir. Pero algo ocurrió.

Hace unos 15 millones de años un cambio climático a escala global hizo que los bosques se empezaran a reducir. Entonces los monos ancestrales se enfrentaron a un dilema: o se aferraban a lo que quedaba de sus viejos y boscosos hogares o se verían obligados a salir a las peligrosas sabanas. Fuimos literalmente expulsados del paraíso, de nuestro jardín lleno de frutas.

Los antepasados de los actuales grandes primates decidieron quedarse. Fue una mala elección porque desde entonces no les va muy bien.

Los descendientes de los que se marcharon somos nosotros.

Toda esta historia se encuentra impresa fuertemente en nuestros genes, más incluso de lo que muchos están dispuestos a admitir. Está en camino el más extraño animal del planeta.

Pero la dieta de frutas y nueces del bosque que ya habíamos explotado antes, podía adaptarse a una de raíces y bulbos en el suelo. En vez de estirar perezosamente el brazo, como en el paraíso, para coger la fruta madura de una rama, aquí abajo había que rascar y escarbar la dura tierra con gran esfuerzo, igual que hacen estos bosquimanos de Namibia hoy en día. La sabana no es un hogar tan fácil como las selvas.

Esta dieta tan costosa la fuimos complementando con pequeños animalillos del suelo fáciles de capturar. Cada insecto era un caramelo, cada huevo o polluelo desvalido un regalo. A más proteínas menos necesidad de grandes panzas para digerir las pesadas hojas.

La expansión del cerebro de la evolución humana se hizo a costa de la reducción del sistema digestivo. Para ello fue necesario que las fibras vegetales de difícil asimilación dieran paso a la carne y a las grasas animales.

Así llegamos al último millón de años de nuestra historia y a una serie de acontecimientos cada vez más dramáticos que nos han hecho como somos.

A falta de garras y dientes los monos ancestrales teníamos un cerebro grande, buenos ojos y manos prensiles y eficientes heredadas de millones de años de comer frutas. Y además cierto grado de organización social como buenos primates.

Entonces nos hicimos adictos a las proteínas animales y empezamos a cazar cada vez más y mejor aumentando nuestro desarrollo intelectual.

Sólo observando nuestro origen y estudiando los aspectos biológicos de la manera en que actualmente nos comportamos como especie podremos llegar a una comprensión de nuestra extraordinaria existencia.

Nos convertimos en primates cazadores organizados. Esto hace que seamos únicos entre todos los simios existentes. Lo malo es que un cambio como éste produce un animal con doble personalidad.

Ha pasado poco tiempo para que hayamos olvidado nuestras viejas características de vegetarianos mientras asumimos apresuradamente las nuevas de carnívoros. Nuestro cuerpo y forma de vida fueron diseñados para su existencia en el bosque y de pronto, en términos evolutivos, nos vimos expulsados a un mundo donde sólo podíamos sobrevivir como depredadores inteligentes.

Esto afectó a nuestro comportamiento hasta el día de hoy; no hay corbata ni tecnología que puedan ocultarlo.

“Así fue. Todas las partes de este cuerpo, todas nuestras habilidades y comportamientos, tienen su origen en la evolución. Estos ojos que ven en color, estas manos capaces de disparar y este cerebro con afición a dudarlo todo.

Ya éramos tan fuertes que pudimos invadir el planeta entero siguiendo a los grandes animales viajeros para robarle su carne. Lo importado dónde fueron: con frío o calor, allí estábamos nosotros dispuestos a acabar con todos ellos.”

Una teoría evolutiva sugiere que los primeros homínidos, tras aficionarse a la carne de estos animales, los siguieron en sus migraciones y que de este modo salimos de África y colonizamos el mundo. Pero el planeta ya no es lo que era: el mono egoísta está por todas partes y compite por el espacio con los grandes herbívoros.

En esta guerra ya sabemos quién pierde siempre.

“muy pronto no nos fue suficiente con la carne; lo queríamos todo: marfil para el despacho de un modo egoísta.”

El ser humano se ha autoerigido como el rey de la creación. Su extraordinaria evolución cultural y tecnológica le ha llevado a dominar el planeta y a todas sus criaturas.

En el siglo XXI la superpoblación humana del planeta, que pronto llegarán a 7.000 millones de habitantes, y un cambio climático provocado por nuestro afán de consumo desmesurado de energía amenazan seriamente el supuesto éxito del que se llama a sí mismo sapiens sapiens.

La más poderosa etnia nacida de la nueva era de la comunicación y la globalización es la tribu de la corbata.

Si un observador extraterrestre nos estudiara zoológicamente, como nosotros hacemos con el resto de los animales, ¿qué conclusiones sacaría de nuestro comportamiento? ¿Acaso muchas de nuestras acciones no son francamente estúpidas y poco inteligentes?

Si ponemos en un lado de la balanza nuestros éxitos y en el otro sus consecuencias, ¿somos realmente un éxito evolutivo?

Lo peor es que lo hacemos a conciencia. Ningún miembro de la tribu de la corbata puede aducir en su defensa que no sabe lo que le estamos haciendo a nuestro propio futuro como especie. El caos en el que vivimos es una suma de egoísmos que no nos hace más felices. Puede que el precio del éxito sea demasiado caro. Relacionamos riqueza y poder con consumo masivo. Sólo nosotros somos capaces de comer sin hambre, beber sin sed o exterminar a otros animales sólo para vestirnos con su piel.

Las grandes manadas a las que antes venerábamos como a dioses ahora son sólo una molestia en nuestro camino.

En el mundo hay más personas pobres y crónicamente subalimentadas que al principio del siglo XX. Los grupos raciales y religiosos se matan entre sí a una escala jamás vista y los arsenales nucleares guardan armas suficientes para acabar de forma definitiva con la especie humana.

“Éramos un animal impresionantemente bello antes de que todo esto empezara.”

… la enorme variedad de culturas que una vez existieron sobre la tierra. El resto de las tribus y etnias humanas están siendo exterminadas como tales.

El número de grupos étnicos autónomos en el mundo alcanzó su punto máximo hacia el año 1000 a.C. en aquel momento había unas 500.000 tribus distintas. Hoy quedan menos de 200. Los expertos calculan que en el año 2300 habrá en todo el mundo un solo estado.

Millones de tradiciones y conocimientos culturales ligados a los diferentes paisajes del planeta desaparecen frente al pensamiento único que pasa por encima de ellos como una apisonadora inexorable. Los ritos de la tribu de la corbata se extienden por el planeta como una plaga aniquilando al resto de las culturas. No entiende de religiones ni razas ni creencias; su único dios es el éxito económico.

La tribu de la corbata somos todos y ninguno.

El largo camino del comedor de frutas le ha llevado a una jungla muy diferente en la que los charcos ya no se pueden beber. Aquí rugen manadas de caballos de vapor y la oscuridad es una quimera.

Estos lugares son más adecuados para los insectos que para los primates. Desde hace 25.000 años nuestro cuerpo y nuestra mente son exactamente iguales. Llegamos hasta aquí biológicamente mediante selección natural, un motor evolutivo muy lento y persistente que no es fácil de cambiar sin la ayuda de los milenios. Sin embargo hay otra fuerza que es la que nos está causando un gran conflicto: la evolución cultural.

Ésta va muy deprisa. Demasiado, y pone las costumbres de un cibernauta en un cuerpo no muy diferente al de un chimpancé. Llegado a este punto no cabe la menor duda de que somos un primate muy raro: piernas largas, pies extraños, pero la característica física más llamativa de nuestro cuerpo es la falta de pelo. Somos un mono desnudo.

Es algo único entre los primates y muy poco frecuente incluso entre los mamíferos. De las más de 4.000 especies de mamíferos vivientes sólo un puñado de ellas carecen de pelo en el cuerpo, puesto que el pelaje fue una de las grandes ventajas fisiológicas que hicieron florecer a los mamíferos. Protege del sol y el calor, preservan el frío, blinda la piel.

Los demás mamíferos que perdieron el pelo como nosotros lo hicieron fundamentalmente porque cambiaron el medio terrestre por otro. Los murciélagos, por ejemplo, desnudaron sus alas para poder volar. Son los únicos mamíferos que han conquistado el medio aéreo. Los excavadores como el armadillo perdieron el pelaje porque es innecesario para vivir bajo tierra y los mamíferos acuáticos lo hicieron para adaptarse al agua. Otros como rinocerontes o elefantes se desnudaron por sus peculiares problemas para calentarse y enfriarse debidos a su gran tamaño.

Pero nosotros no volamos como los murciélagos ni nos enterramos como los armadillos ni somos tan grandes como elefantes, por tanto si perdimos el pelo debió de haber una poderosa razón para ello, ¿pero cuál?

Algo ocurrió durante nuestra evolución. Para tratar de explicarlo los científicos han barajado varias hipótesis. Una de ellas es que ciertos rasgos infantiles o inmaduros de los primates se hayan conservado y prolongado en los humanos durante nuestra vida adulta. Es decir, es como si naciéramos y nos mantuviéramos físicamente prematuros, sin haber completado nuestro desarrollo corporal, quedándonos en una fase fetal anterior sin casi pelo en el cuerpo como este orangután recién nacido. La evolución favoreció el desarrollo del cerebro convirtiendo al mono cazador en un mono infantil.

Nuestro cerebro tiene al nacer sólo el 23% de su tamaño adulto definitivo. Su crecimiento sigue hasta 10 años después de que alcancemos la madurez sexual y no llega a su pleno desarrollo hasta aproximadamente los 24 años de edad. El cerebro de un joven chimpancé, en cambio, alcanza su pleno crecimiento al año de edad. Por tanto la falta de pelo en el cuerpo y el cerebro sin desarrollar son características infantiles.

Otros rasgos que podrían provenir de esta llamada neotenia serían nuestro cuello largo y fino distinto al de los otros primates, la posición del cráneo en ángulo recto, la cara plana, los dientes pequeños y tardíos y el dedo gordo del pie, que no se ha trasladado a un lado como en los grandes simios. Todas éstas serían características embrionarias, inmaduras, propias del feto de un primate que nosotros habríamos conservado en la edad adulta porque nos convinieron para sobrevivir.

Pero la teoría más atractiva es sin duda la que aboga porque tuvimos un pasado evolutivo ligado al agua, es decir, que una vez fuimos prácticamente un mamífero marino. Esta teoría llamada del homo acuaticus sostiene que nuestro linaje, antes de convertirse en cazador, pasó por una larga fase y como mono semiacuático. Nuestros ancestros se habrían desplazado a playas tropicales en busca de comida. Este es un ecosistema muy rico en proteínas animales y en el que es relativamente fácil obtenerlas.

Al principio buscaríamos mariscos y criaturas costeras en la línea de la marea, entre la serena y las rocas de las playas, pero poco a poco nos iríamos internando cada vez más en el agua, aprendiendo a nadar y a sumergirnos. Es entonces cuando, según esta teoría, habríamos perdido nuestra capa de pelo corporal como los delfines, conservándolo sólo en la cabeza, la única parte que permanecía fuera del agua y expuesta al sol.

Las orillas de esos mares cálidos y llenos de proteínas pudieran tener otro efecto positivo en nuestro desarrollo cerebral. Rebuscando allí abajo, aquellos ancestros nuestros pudieron darse cuenta de que las conchas de los moluscos eran cortantes y podían ser utilizadas como herramientas. La teoría del homo acuaticus se apoya también en diversas evidencias morfológicas de nuestro cuerpo actual, como nuestra gran destreza para movernos en el agua, algo realmente extraordinario entre los primates, que no pueden nadar en su gran mayoría. El agua nos gusta, disfrutamos de ella.

Estamos dispuestos a invertir mucho tiempo, esfuerzo y dinero en acercarnos a su caricia vivificante. Nuestra idea de la felicidad y el lujo está siempre relacionada con un baño. Los miembros de la tribu de la corbata peregrinan a menudo cientos de kilómetros en cuanto pueden a bordo de sus coches sólo para sumergirse algunos minutos en el agua. Hay algo ancestral en esta costumbre nuestra tan opuesta al resto de los primates.

Puede que los miembros de la tribu le debamos más al agua de lo que creemos. Nuestro cuerpo tiene algunas características curiosas que encajan con esta hipótesis, como la capa de grasa que hay bajo nuestra piel que compartimos con cetáceos y focas y de la que carecen el resto de los primates.

Nuestra nariz, larga y diferente a la de todos los demás simios, funciona como la quilla de un barco: evita que entre el agua al avanzar. Es una válvula perfecta que cierra los orificios haciendo que el líquido discurra a ambos lados. Nuestros parientes genéticos más próximos, que no flotan en absoluto y odian el agua, tienen narices completamente diferentes. Todos salvo uno. Hay un primate en Borneo al que no le importa nadar y su característica más llamativa es la que le da nombre. El násico posee una nariz que le hace parecerse sospechosamente a nosotros. Ambos nadamos, ambos tenemos narices diferentes al resto de nuestros primos. La selección natural no hace algo como esto por casualidad.

Los defensores de la teoría del homo acuaticus dicen que ésta explica también algunas más de nuestras peculiaridades anatómicas, como la forma alargada del cuerpo, la posición vertical que adoptamos al caminar o el control voluntario de la respiración, más propio de delfines que de primates.

Lo que resulta evidente en todas las culturas es que el agua nos hace felices desde que nacemos. Incluso nuestras valiosas manos, especialmente sensitivas comparadas con las de los grandes simios, habrían evolucionado según esta teoría para palpar la comida bajo el agua, para capturar los invertebrados en un medio en el tacto es imprescindible.

Pero esta atractiva hipótesis sobre nuestros orígenes está descatalogada por la ciencia debido a que jamás se han encontrado pruebas fósiles directas que la demuestren. Sus defensores tienen una explicación muy lógica para ello: nadie busca fósiles bajo el mar, en lo que fueron las costas africanas hace más de un millón de años.

Sea donde fuere, lo que somos se lo debemos a la evolución en un medio ambiente concreto. Pero no sólo físicamente, sino también en nuestros comportamientos de cada día. No es fácil prescindir de los ancestrales impulsos de simio que nos han acompañado durante millones de años. Enfrentarnos a nuestro lado animal puede ayudarnos a ser mejores, sin embargo parece costarnos mucho; queremos acercarnos a Dios a costa de negar nuestra relación con ellos.

La tribu de la corbata atribuye la dignidad humana al hecho de que estemos fuera de la naturaleza y seamos distintos al resto de los animales pero con el mes próximo diferimos tan sólo en un 1’23% de nuestros genes. Tratamos de auto definirnos como ajenos a ellos a toda costa, queremos diferenciarnos, buscamos esa característica que nos distinga pero no acabamos de encontrarla.

Nuestro antepasado común vivió hace sólo 6 millones de años, muy poco tiempo en la escala evolutiva, apenas un suspiro.

Primero se dijo que éramos los únicos que nos comunicábamos con un lenguaje complejo, pero no era cierto. Roger Payne en los años 60 descubrió que los cetáceos también lo hacen. Después se buscó esa separación en la idea de que sólo nosotros fabricábamos y utilizábamos herramientas, pero Jane Goodall lo desmintió observando a los grandes primates. Algunos, como este gorila, incluso capaces de fabricarse y usar un instrumento musical. Y finalmente se sostuvo que sólo nosotros éramos capaces de tener cultura, y se ha demostrado que otros animales también la tienen.

La biología nos enseña humildad con cada descubrimiento.

Estas orcas de península Valdés en la Patagonia argentina son capaces de inventar nuevos comportamientos y enseñárselos a sus hijos de forma activa. Los adultos están entrenando a las jóvenes orcas a entrar en la arena de la orilla para capturar a las crías de los lobos marinos que se bañan en aguas someras. Esto es cultura, descubrir algo nuevo que ninguna otra orca hizo antes y transmitirlo deliberadamente a sus descendientes. La orca, por tanto, tiene cultura como nosotros.

Reivindicar a los demás animales y a los otros primates no es volver hacia atrás, sino que por el contrario, significa abrazar nuestros orígenes sin vergüenza. Para ver lo que somos basta con observarnos con atención.

Nunca antes supimos tanto. Esta es la primera generación que es totalmente consciente de lo que estamos haciendo.

Hay varios comportamientos en la tribu de la corbata que parece que no podemos evitar. Uno de ellos es nuestra desquiciante obsesión por la jerarquía y el prestigio social. Dado que nos desarrollamos como simio cazador en comunidades reducidas de unos 100 individuos, parece ser que los problemas empezaron cuando pasamos a vivir en grandes ciudades con miles de congéneres desconocidos a nuestro alrededor y las primitivas expediciones de caza se convirtieron en expediciones para ir al trabajo. Además los grupos de machos se mezclan en las empresas con los de hembras, y todo esto es algo para lo que no estábamos diseñados.

En los grupos reducidos de primates resulta fácil para la jerarquía dominante abrirse paso y estabilizarse, con una masiva comunidad urbana la situación es mucho más tensa. Cada día el mono egoísta se ve expuesto a encuentros no deseados con incontables desconocidos, situación inaudita en cualquier otra especie de primate. No es posible entrar en jerarquía social con todos ellos, por eso utilizamos las llamadas normas anticontacto que permiten pasar sin dominar ni ser dominado y dejar claro quienes somos. Lo hacemos sin darnos cuenta, pero no supone un esfuerzo enorme.

Hay un exceso de estímulo, por eso evitamos mirar a los ojos, señalar o establecer contactos corporales directos. Ese es el motivo por el cual las cortesías de salutación se han ritualizado. El apretón de manos se ha adoptado para crear un leve vínculo pero manteniendo el contacto justo. Su origen parece ser éste.

Napoleón, este macho dominante de chimpancé, estaba muy nervioso. Para calmarlo una de las hembras coloca su mano junto a la boca del macho. “muérdeme si quieres”, significa el gesto. Y esto le calma. Es una muestra de sumisión, de saludo amigable, lo mismo que el nuestro.

El beso en la mejilla también proviene del acto primate de olisquearse mutuamente para obtener información sobre una posible pareja. Nosotros lo hemos alejado de toda connotación sexual, pero seguimos usando en gran parte del mundo.

Pero además cuando conseguimos fabricar armas peligrosas tuvimos que desarrollar también las llamadas señales de apaciguamiento para crear vínculos amigables en el grupo. Una de las más comunes señales de apaciguamiento entre nuestros primos es el acto de aseo o desparasitación de un individuo secundario a otro dominante para obtener su favor o protección, quitándole los parásitos de lugares a los que él no puede llegar con sus manos.

Nosotros empezamos haciendo lo mismo exactamente, pero el ritual se fue complicando, y como en una ciudad no podemos ya ir desparasitando al jefe para que nos suba el sueldo, tuvimos que inventar algo para sustituirlo. Lo que los biólogos llaman invitación al aseo social es lo que permite al animal débil estar presente junto al dominante; se queda por el servicio que presta. Empezó siendo una invitación a través de un leve chasquido de labios como el de los chimpancés y los científicos creen que en nosotros se ha convertido primero en lo que llamamos sonrisa y luego ha dado lugar al lenguaje.

El lenguaje de cortesía, esa charla banal sobre temas sin importancia y que no informa de nada ni transmite sentimiento verdadero alguno, es la versión humana del aseo social de los demás primates. Sólo tiene un fin: agradar y ser aceptado.

Una excepción a este lenguaje de cortesía son las reuniones de negocios. Para aprovechar el tiempo al máximo y no perderlo en aseos sociales innecesarios, se exagera el formalismo para eliminarlos. Aquí todos conocen la jerarquía previamente, todos saben quién es el jefe. No es necesario asearle. El aseo verbal sólo aparece brevemente en el encuentro y en la despedida.

Muchos otros de nuestros gestos más cotidianos tienen también un origen que no sospechamos. Cualquier simio enfadado trata de intimidar a sus congéneres erizando el pelo para parecer más grande y amenazador. Nosotros hacemos lo mismo poniéndonos algo en la cabeza que nos haga crecer a la vista de nuestro interlocutor. Los gorilas macho tienen una cresta sobredimensionada para impresionar a sus rivales. Nuestros uniformes militares y policiales se basan en idéntico principio: sombreros altos y hombreras nos hacen fieros.

Todo es por un único motivo; el mono egoísta de la tribu de la corbata tiene que mantener su posición social y si es posible mejorarla, pero debe hacerlo con cautela, sin poner en peligro sus contactos cooperativos, porque necesitamos sentir que pertenecemos a un grupo que nos protegerá. Aquí entra en juego este sistema de señales de sumisión y agresión o dominio. La colaboración del grupo requiere un alto grado de uniformidad, tanto en el vestido como en el comportamiento, pero sigue existiendo un amplio margen para la competencia jerárquica.

La corbata, nuestro símbolo, es el mejor ejemplo. Su presencia o ausencia nos da mensajes. En los negocios debe estar, pero puede ser de marca, de colores llamativos, o sería o de diseño o clásica. En los encuentros sociales todos los miedos del mono egoísta surgen a flor de piel. Se puede saber cuál es el individuo dominante en una reunión al observarlo: es el que no come ni bebe ni se rasca ni hace nada compulsivamente. Está tranquilo, mira a los ojos, es la hembra o el macho alfa, y lo sabe. Todos lo saben.

Estamos hambrientos de prestigio. Somos una tribu de buscadores competitivos de estatus, pasamos toda la vida intentando ascender cada vez más alto en la pirámide social simplemente para impresionar a los demás. Lo importante es no ser menos que los vecinos. Esto nos lleva a una insatisfacción permanente que puede ser la clave de nuestro previsible y negro final como especie. Competimos entre nosotros, pero, ¿quien gana?

El premio Nobel Konrad Lorenz escribió que la civilización humana fomenta cada vez más a los que él llamaba “los tipos degenerativos”. ¿Es posible que la tribu de la corbata esté favoreciendo el fracaso de los mejores frente a los mediocres? hay científicos que lo aseguran. Existe una corriente imperante que intenta destruir a todo el que destaca. Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede reconocérsele por una cosa: todos los mediocres se conjuran contra él.

El doctor González de Rivera lo ha descrito como el MIA, Síndrome de Mediocridad Inoperante Activa, gente cuyo objetivo es aniquilar el avance de cualquier persona brillante.

Sí es verdad que esto está ocurriendo todo cobra sentido. La tribu de la corbata ha invertido el orden cambiando la selección natural que premiaba a los más preparados por la selección social, que da el poder a los peores.

Estamos fuera de control como especie.

“Tal vez es mejor que deje al planeta seguir sin mí. O puede que sea capaz de cambiar. Todo es cuestión de tiempo. De poco tiempo…”

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Publicado el 07/01/2014 en Docus. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. es tan dificil de aceptar es el origen divino de los seres humanos, ¿? , los seres humanos son obra de una inteligencia potente y misteriosa, una inteligencia divina que ha dejado en los seres humanos una marca divina tambien.

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