Mesopotamia. Retorno al Edén

Mesopotamia. Retorno al Edén
(Mesopotamia. Return to Eden)
Time Life’s Lost Civilizations
Robert H. Gardner
49 min
1995

Aquí se sembraron las primeras semillas de la civilización humana. Aquí florecieron 3 de las civilizaciones más importantes del mundo antiguo: Babilonia, Asiria y Sumeria.

Entre sus ruinas los creyentes han buscado durante largo tiempo las respuestas a las incógnitas más profundas de la Biblia, mientras que los arqueólogos han recorrido estas tierras en busca de los orígenes históricos de la fe.

Y nuestra búsqueda es un viaje hacia atrás en el tiempo. Pimero a Babilonia, la última de estas civilizaciones perdidas. Después, más lejos en la historia, a los asirios, feroces maestros del arte de la guerra. Y finalmente a un punto tan distante en el pasado que sólo el Edén podría haberlo precedido: a Sumeria, la creación de la propia civilización humana.

Hace más de 6.000 años esta tierra rica, situada entre los ríos Tigris y Éufrates, vio nacer a las primeras civilizaciones. Los griegos lo llamaron Mesopotamia; nosotros lo llamamos Irak.

Destapando las capas de historia que se encuentran aquí, podemos descubrir los orígenes de nuestras leyendas más antiguas y viajar hasta las raíces más profundas de la fe.

Nuestro viaje empieza por el lado oeste de Mesopotamia, en Israel.

Un descubrimiento casual, en 1947, centró la atención del mundo entero en la arqueología y en la Biblia. Dos pastores beduinos pasean con sus cabras por los precipicios de Qumrán, a unos pocos kilómetros de Jerusalén. En el desierto seco y soleado advierten una cueva pequeña, escondida en una pendiente rocosa. Intrigado, uno comienza a trepar. No es inusual encontrar artefactos antiguos y valiosos por estos barrancos. Dentro de la cueva el pastor encuentra los restos de ollas antiguas, fragmentos de rollos de escritura y unas hojas de papiro; todos intactos desde la época de Jesús.

Estos escritos, realizados por una secta de judíos llamada los esenios, fueron conocidos en todo el mundo como Los Manuscritos del Mar Muerto.

En otras cuevas de la zona llegaron a desenterrar cientos de rollos de escritura. Uno de ellos se confirmó como la versión más antigua del Viejo Testamento. Contenía los 5 primeros libros de la Biblia, conocidos por los judíos como la Torah.

Los Manuscritos del Mar Muerto se convirtieron en el centro de una enorme polémica internacional; los expertos y teólogos se pelearon por su propiedad y su significado.

“La sensación fue increíble. Esto fue descrito como uno de los hallazgos arqueológicos más destacados de la historia. Son preciosos para los judíos porque son de origen judío. Son de un periodo crucial en la historia judía. Y son preciosos para los cristianos porque son contemporáneos de Juan Bautista, Jesús, etc. Así pues, proporcionan mucha información, pero además de su valor histórico, existe una gran carga emocional ligada a esta colección de escritos.”

La Biblia se ha estudiado tanto desde el punto de vista sagrado como desde el punto de vista histórico.

Una Torah, la original, siempre se escribe a mano. Las palabras se pronuncian en voz alta mientras las apunta el escriba, convirtiéndose así en una oración viva. Cada Torah se considera sagrada desde el principio de su realización. Pero la exactitud histórica de la Biblia no ha sido fácilmente comprobada. Es un esfuerzo que continua hoy en día.

“Algunos de los libros de la Biblia son excelentes textos históricos. De hecho son los libros históricos más antiguos que tenemos y son bastante precisos, pues tenemos referencias recíprocas de otras fuentes y son muy parecidos. Así pues, son muy importantes.”

El descubrimiento de Los Manuscritos del Mar Muerto fue el hecho más célebre de la arqueología bíblica pero no el primero. El impulso de explorar la historia bíblica tiene una venerada tradición. Es una búsqueda que empezó en Tierra Santa pero que acabó en Mesopotamia.

A lo largo de la historia los cruzados, místicos y creyentes, se han sentido atraídos por los sitios donde tuvieron lugar las historias de la Biblia. Pero con la llegada del siglo XIX, una nueva especie de peregrino pretendió fortalecer su fe a través de la nueva ciencia llamada arqueología. Seguramente, si comprobara la veracidad de la historia bíblica, podría confirmar su fe firmemente.

“El primer objetivo de los arqueólogos bíblicos era localizar los sitios destacadamente mencionados en las narraciones bíblicas y comprobar si se podía hallar un rastro de esas historias. Utilizaban la alfarería en las antiguas murallas de las ciudades y las antiguas armas como ilustraciones de los cuentos bíblicos que habían aprendido cuando niños.”

Impulsados por la ilusión de los primeros hallazgos, los expertos del mundo entero se apresuraron a acotar su terreno en la versión bíblica de la fiebre del oro. Los arqueólogos británicos, alemanes y franceses invadieron Tierra Santa a modo de competición. Formaban equipos de investigadores teológicos excavando por la patria y por Dios.

“En Tierra Santa el prestigio de cada uno de los países europeos se medía por la magnitud de los descubrimientos bíblicos que desenterraban. Una de las batallas políticas más fuertes de la historia de la arqueología bíblica fue el descubrimiento de la célebre Piedra Moabita.”

En 1868, en el interior de la tierra del Moab, beduinos de la tribu Bani Hamida tropezaron con una misteriosa tabla de piedra enterrada en el desierto. Los miembros de la tribu conocían bien el valor que tenían las antigüedades de la zona para los europeos.

El primer europeo en enterarse de la curiosa piedra negra fue el reverendo Frederick Augustus Klein. Klein partió inmediatamente, atravesando una tierra yerma infestada por bandidos y acompañado únicamente de un reducido grupo de guías beduinos. Klein era un misionero, no un arqueólogo.

Cuando vio por primera vez la peculiar entalladura de basalto sintió una gran excitación. Sospechaba que la tabla negra podría confirmar sus creencias más profundas.

Klein examinó la piedra e hizo una ruda impresión de la inscripción. Estaba escrita en una lengua que Klein desconocía.

De vuelta a Jerusalén Klein buscó ayuda para descifrar el lenguaje de la piedra. A medida que se conocía la noticia se rumoreaba en las calles y bazares la idea de un gran descubrimiento. La escritura en la piedra se aceptó como el relato de una batalla también descrita en la Biblia, escrito por un rey de Moab.

Por primera vez los europeos tenían una evidencia escrita grabada en piedra de un relato bíblico. Existían 2 fuentes que describían el mismo suceso. Para los creyentes, la piedra constituyó la prueba tan buscada, un testimonio palpable de la precisión histórica de la Biblia.

Muchos intentaron comprar la piedra pero los beduinos tenían muchos motivos para ser desconfiados; en varias ocasiones habían sido engañados y robados por los buscadores de tesoros europeos. Bajo la suposición de que una cosa tan preciada por los europeos tenía que contener oro, echaron la piedra dentro de una hoguera en un intento de romperla. Vertieron repetidamente agua sobre la piedra caliente hasta que estalló. No encontraron ningún rastro de oro y la piedra quedó destrozada.

La primera comprobación arqueológica de un relato bíblico, la primera prueba corroborativa, se despedazó. La pérdida de la piedra fue un desastre, pero no puso fin a la búsqueda de tesoros bíblicos. La propia Biblia, ahora confirmada como texto histórico, indicaba el camino hacia un punto todavía más remoto en el tiempo, un punto a más de 2.500 años atrás a un gran imperio regido desde Babilonia. Hasta el mismo momento del nacimiento de la Biblia.

Es el año 586 a.C. Los ejércitos de Nabucodonosor, el rey de Babilonia, invaden Jerusalén con una furia sin precedentes. Faltan casi 6 siglos para que nazca Jesucristo. Los romanos ni siquiera han soñado en su imperio. La ascensión de la estrella feroz de Babilonia es un capítulo oscuro en la historia de los judíos.

La Biblia describe el ataque de los babilonios. Se saquearon casas y se prendió fuego al Templo del rey Salomón quedando totalmente destruido. 10.000 presos israelitas; príncipes, soldados, artesanos y escribas fueron trasladados y encadenados a Babilonia. Los israelitas cruzaron más de 500 millas a través del desierto siguiendo las antiguas rutas del comercio. Viajaron a través de la actual Jordania, Siria e Irak hacia Babilonia.

En el salmo 137 los israelitas se lamentan: “Junto a los ríos de Babilonia, allí estábamos sentados y llorábamos al acordarnos de Sión. ¿Cómo habíamos de cantar el canto de Yahvé en tierra extraña?”. Agotados y abatidos los israelitas entraron en Babilonia impresionados por su grandeza y caos. Raptados por la modesta ciudad de Jerusalén, contemplaron la majestuosa capital del mundo antiguo.

Pero de alguna manera, los israelitas lograron no solamente cantar la canción del señor en esta tierra extraña sino también ponerla por escrito.

“Poner por escrito la tradición oral es formalizarla. Se transforma en un texto que la gente puede criticar o acoger como la única verdad. Yo creo que esta es la consecuencia más importante de la puesta por escrito de la Biblia.”

Hoy en día, las reconstruidas murallas que rodean Babilonia están estampadas con el nombre de Saddam Hussein, pero hubo un tiempo en que estos ladrillos ostentaban otro nombre, el del rey Nabucodonosor. Era una tierra de muchos dioses e ídolos paganos, un escenario improbable para la creación de uno de los textos más sagrados del mundo. Sin embargo, la gran diversidad de Babilonia gestó el ambiente perfecto.

“Entraron en un entorno cosmopolita. Hasta los israelitas más educados y cultos tenían contacto directo con gente muy diversa.”

Los israelitas se encontraron en un crisol de razas y lenguas con dioses y espíritus. Se preguntaban en el libro del Apocalipsis:

¿Qué hubo comparable a la gran ciudad? Sus mercaderías de oro y plata, de pedrería y perlas, de clase de fieras impuras y detestables. Babilonia la grande, la madre de las meretrices e idolatrías de la Tierra.

Pero a pesar de todas las idolatrías o quizá como consecuencia de ellas, aquí la Biblia se convirtió en un libro. Amenazados por una nueva cultura poderosa los escribas hebreos se apresuraron a preservar e identificar la identidad judía. A lo largo de 3 generaciones los escribas unificaron la tradición oral de Israel, las escrituras nuevas y los textos sagrados en un solo manuscrito: nació la Biblia.

“Afortunadamente para los israelitas, los babilónicos eran una gente bastante tolerante. Les dejaron mantener su propia cultura y su religión, así como estudiar sus propios libros. De este modo se ha preservado la Biblia hasta hoy en día.”

Pero durante el proceso de creación de la Biblia en su largo exilio, la cultura babilónica llegó a influir profundamente en el trabajo de los escribas israelitas.

“Entre los exiliados supongo que se contaron muchos hechos. Hablaban entre ellos. Estoy seguro que de esta manera se transmitía gran parte de la información. Este intercambio de ideas y de conocimientos tenía que ser extraordinario.”

La Biblia llegó a rubricar cuentos y tradiciones de Babilonia y de civilizaciones de Mesopotamia todavía más antiguas. Los israelitas no podían ignorar la cultura floreciente ni los monumentos grandiosos de Babilonia. Sus templos estaban entre las estructuras más importantes del mundo antiguo. Los grandes edificios públicos, el paseo ceremonial, el palacio de Nabucodonosor con sus jardines colgantes de la leyenda, las palmeras, el río… “Al pasar por la puerta de Ishtar uno se sentía empequeñecido. Este era el efecto deseado. Una persona en Babilonia se encontraba ante la presencia de algo poderoso. Por todas partes había gente, las callejuelas eran estrechas. Había paradas y más paradas de mercado, con los burros rebuznando, los grupos de gente caminando. Era una vida apretada, vivida de cerca. Rebosante.”

Y fue aquí, según cuenta la Biblia, donde uno de los monumentos más extraordinarios del mundo antiguo tocaba el cielo: la Torre de Babel.

Durante generaciones los aventureros y peregrinos esperaban que al hallar la famosa torre se confirmaría la veracidad de los relatos bíblicos. Un buscador fracasado escribió: “Que no se atreva ningún hombre a acercarse a la torre, pues es un desierto poblado de dragones y serpientes enormes y lleno de diversas bestias venenosas.”

Los peregrinos medievales pensaban que habían encontrado la torre, este minarete, al norte de Irak. Pero se equivocaban: esta torre se construyó 1.500 años más tarde y lejos de las murallas de Babilonia.

Quizás la posibilidad más interesante es la que propuso Robert Koldewey, un arqueólogo alemán. A principios del siglo XX descubrió un barranco rectangular que contenía algunos ladrillos antiguos. Muchos expertos creen que Koldewey encontró los únicos restos que quedan de la famosa torre.

Los grandes monumentos de Babilonia impresionaron a los escribas bíblicos, pero su legado más duradero, que aún perdura, es una innovación todavía más impresionante: el código de leyes escrito.

La piedra tallada es una reliquia fascinante. Perdida durante cientos de años, volvió a aparecer a finales del siglo XIX. Una piedra tallada con uno de los documentos jurídicos más importantes de todos los tiempos. 1.200 años antes de que los israelitas fueran apresados, un rey babilónico hizo tallar esta piedra con las leyes que llevan su nombre: el código de Hammurabi. Estas escrituras pueden ser interpretadas como las precursoras de los códigos legales que se detallan en los libros Éxodo, Levítico y Deuteronomio.

“En las sociedades que sólo transmitían sus conocimientos y leyes oralmente, los precedentes eran muy importantes. Pero cuando se pusieron por escrito, aquellos que las escribían tenían un poder inmenso.”

El código de Hammurabi ha tenido gran influencia en casi todas las civilizaciones que han seguido a Babilonia. Hoy en día, incluso alguno de sus métodos de juicio más primitivos sobreviven en su forma original. Hammurabi describía un rito llamado “la ordalía“, una prueba dolorosa, incluso a veces mortal, de culpabilidad o inocencia.

En algunas remotas tribus beduinas todavía se practica la ordalía de la misma manera que en el tiempo de Hammurabi. En estas imágenes un líder espiritual llamado El-Mubashir, juzga a los acusados tras examinar sus lenguas después de lamer una cuchara de hierro calentada al rojo. Estos hombres han sido acusados de robo. Se tienen que someter a la ordalía, o por defecto ser declarados culpables. Los familiares miran ansiosamente mientras los jóvenes se preparan para el doloroso rito.

El agua no alivia el dolor. Lo que se pretende es purificar al bebedor y prepararlo para el juicio. El-Mubashi reza y después examina las lenguas chamuscadas buscando una señal divina. Sólo El-Mubashi puede dictar sentencia, y sólo él determinará el destino de los hombres. Finalmente el veredicto: uno de los hombres es hallado inocente, lo que alivia grandemente a su familia. El otro no es tan afortunado: declarado culpable será castigado por su crimen.

La ordalía es, en el mundo moderno, una herencia de Hammurabi, pero las leyes de Hammurabi alcanzaban el presente de manera más directa aún: a través de la Biblia.

“No robarás. No desearás a la mujer de tu prójimo…”

Los Diez Mandamientos son la base de la ley bíblica pero representan tan sólo el principio de una compleja serie de códigos y alianzas del Viejo Testamento. En estas leyes se oye la voz de Hammurabi claramente.

“Hammurabi estableció las leyes aunque no innovó demasiado, simplemente puesto por escrito las leyes que habían funcionado durante cientos de años: ojo por ojo, diente por diente y principios similares, muchos de los cuales están sistematizados jurídicamente hoy en día.”

Pero la Babilonia que moldeó a la Biblia y sus leyes, tuvo sus raíces en una civilización que llegó a su cumbre 7 siglos antes de Jesucristo. Era el imperio brutal de Asiria, un lugar que la Biblia llamó “una tierra bañada en sangre”.

De los ejércitos de Mesopotamia que arrasaron el mundo antiguo, el más letal fue el de los asirios. En la Biblia los asirios son la última manifestación de tiranía sangrienta y de opresión más despiadada. 100 años antes de la toma de los presos israelitas por Nabucodonosor, la Biblia cuenta que el rey asirio Senaquerib atacó la tierra de los israelitas. En el 2º Libro de los Reyes los israelitas se lamentan: “Mirad lo que han hecho los asirios con nuestras tierras. Están totalmente devastadas.”

“Los asirios eran súbditos de reyes despóticos. Creían en el poder absoluto. El poder absoluto representa el control y casi invariablemente este poder se mantiene a merced de la eficacia y fuerza de un rey. Los asirios mantenían una máquina de guerra enormemente poderosa y eficaz. En las paredes de los palacios de los reyes asirios se encontraban las crónicas de algunas de sus expediciones descritas en términos vanagloriosos y grandilocuentes.”

“Cuando los asirios tomaban, por ejemplo, una ciudad apilaban las cabezas de los prohombres al lado de la entrada de la ciudad o degollaban vivo al rey, clavaban su piel en la muralla de la ciudad o algo así.”

El poder asirio, simbolizado por real caza de leones, descansaba en manos de los despiadados reyes guerreros. Incluso la Biblia muestra su admiración: “El asirio. Cuántos estaban a su sombra entre las naciones y auxiliares…”

Cuando la ciudad de Roma se encontraba en su infancia, Asiria era el imperio más grande del mundo. Durante más de 1.000 años los detalles sobre la civilización asiria eran escasos, ni siquiera se conocía su gran capital, Nínive. Pero en 1852 estas ruinas fueron exploradas por el arqueólogo británico Austen Henry Layard. Lo que Layard encontró aquí, en el norte de Irak, era el palacio real de Nínive, un tesoro impecable de la civilización asiria.

Perforando la tierra como un minero, Layard descubrió grandes toros alados y espectaculares obras de arte escondidas a la vista durante un milenio. Este descubrimiento asombró al mundo entero; Nínive suponía el hallazgo de otra ciudad bíblica, otra confirmación de la exactitud histórica de la Biblia. Pero el descubrimiento más trascendental de Layard fue la gran biblioteca de Nínive, una colección extraordinaria de 22.000 tablas de barro labradas con la escritura cuneiforme de los asirios.

“Bueno, quiero decir que la única comunicación con la gente del mundo antiguo es lo que dejaron en sus escrituras. De esta manera podemos saber lo que comían, cómo eran sus relaciones familiares, su política y cómo interpretaban la religión. Los detalles de la vida cotidiana de los asirios rebelan una sociedad patriarcal, un mundo en el que los plebeyos, y especialmente las mujeres, ocupaban un bajo nivel social.

Muy joven, cada mujer asiria, antes de casarse, iba al templo de Ishtar y se sentaba en los escalones. Esperaba hasta que algún hombre dejara caer una moneda en la falda de su vestido. Entonces se adentraba en el templo con él obligada a rendirse ante a sus deseos.”

Pero en este mundo despótico existía una cierta justicia. En el matrimonio, hasta una esposa tenía ciertos derechos.

“En su contrato de matrimonio, una mujer podía estipular que su marido no tuviera otras mujeres. También podía estipular que él tuviera las prostitutas que le diera la gana pero ninguna mujer más.”

Pero si las mujeres asirias de a pie tenían un estado social limitado, unos descubrimientos recientes rebelan que las reinas asirias disfrutaban de grandes privilegios. En 1989 un hallazgo asombroso tuvo lugar en el palacio antiguo de Nemrod, en el norte de Irak. Los expertos los consideraron el descubrimiento más importante desde la tumba del farón Tutankamón: el tesoro de Nemrod.

“Mientras limpiábamos algunas de sus habitaciones descubrimos las indicaciones de unas pozas subterráneas. Lo sacamos todo y al examinarlo nos dimos cuenta de que teníamos los restos mortales de al menos 2 reinas.”

Unas pulseras de oro puro todavía adornaban sus huesos. Un tesoro real sepultado más de 2.000 años atrás.

Estas imágenes extraordinarias, tomadas por unos arqueólogos de Irak, sirven de archivo de estos hallazgos impresionantes. Por primera vez la tumba de una reina asiria había sido descubierta intacta. El sepulcro real todavía llevaba una maldición para proteger a sus ocupantes:

Si alguien me saca de mi tumba, que su alma vaya sedienta bajo los crueles rayos del sol y que inflijan su cadáver y espíritu con malestar eterno los grandes dioses del infierno.

Ignorando la maldición, los arqueólogos excavaron más de 57 kilogramos de joyas hermosas, copas de cristal y grabados exquisitos. Los antiguos asirios eran maestros orfebres, pero la importancia de este tesoro excede en mucho a su valor en oro. Cuando morían, las reinas asirias eran obsequiadas con abundantes joyas, pero en vida eran los reyes quienes forjaban la historia, eran reyes con gusto por los imperios.

En el año 701 a.C., el rey Senaquerib y su ejército atravesaron el desierto hacia el mar Mediterráneo. Los bravos asirios se empeñaron en conquistar todo lo que encontraron en su camino: las ciudades de Judá, incluso Jerusalén y su rey desafiante, Ezequías. Los asirios conquistaron muchas fortalezas, pero la destrucción brutal de la ciudad de Laquis es descrita en los archivos de la historia y también por la Biblia:

“El cerco de Laquis es un ejemplo perfecto de cómo el ejército asirio se comportaba en sus conquistas. Llegaban a una ciudad, la rodeaban, la conquistaban y se apresaba a sus habitantes como esclavos si no eran ejecutados, hombres, mujeres y niños.

Su táctica era muy sencilla, era una conquista rápida, sistemática, eficaz y brutal. En los relieves de las murallas de los palacios asirios se ven las escenas de los cercos, se ven los soldados moviendo tierra para hacer barreras con los escudos protegiéndolos de lo que se tiraba desde arriba. Pero los cercados no tenían ni siquiera la más remota esperanza. Todos esos tipos eran soldados profesionales, formaban una máquina.”

Desde la capital, Jerusalén, el rey Ezequías sabía que un ataque asirio era inevitable. Se apresuró a fortificar la ciudad y mandó excavar un acueducto subterráneo en un intento desesperado por proteger el suministro de agua en la ciudad en caso de un cerco. El plan de Ezequías funcionó. La Biblia nos cuenta que Dios ayudó a Jerusalén y el rey asirio volvió avergonzado a su tierra.

La versión del conflicto que escribió Senaquerib se halló en un prisma de barro desenterrado en Nínive. Coincide con la historia bíblica hasta en los pormenores más rigurosos, aunque su punto de vista es radicalmente diferente.

Senaquerib dice:

Pero en cuanto a Ezequías, el judío que no se arrodilló a mi yugo, me acerqué y conquisté 46 de sus poblaciones fortificadas. El terrible resplandor de mi señorío le aplastó.

“Bueno… las dos historias se cuentan desde puntos de vista contrarios, pero están de acuerdo. Si tuviéramos que contar lo que nos ha pasado, usted lo contaría de una manera y yo de otra. Tenemos la historia de la invasión de Judea por Senaquerib. Cada versión trata el mismo evento histórico sin ninguna contradicción.”

Claro que la única contradicción está en la explicación de la derrota de Senaquerib. En la versión de Senaquerib, Ezequías está encerrado en Jerusalén como un pájaro enjaulado, pero en la Biblia los ejércitos asirios fueron repelidos por las murallas de Jerusalén. Es quizás el primer ejemplo de censura selectiva. El dios de los israelitas tiene la última palabra: “Derribaré al asirio en mi tierra. Por la voz de Yahvé los asirios serán derrotados. (Isaías, capítulo VI)”.

La Biblia cuenta que Dios destrozó Nínive, el trono de los poderosos reyes asirios. Pero ésta no fue la primera aniquilación; mucho antes Yahvé había arrasado una civilización entera. No se menciona su nombre ni siquiera una sola vez en la Biblia, pero se llamaban sumerios, y fueron los primeros en contar la historia de una gran inundación.

Es una de las historias bíblicas más familiares, la saga del Arca de Noé. Un dios furioso, un barco de madera, un diluvio… Es la historia de Noé y su familia escapando en el arca con cada especie de animal, sobreviviendo al castigo de la inundación tras la que la humanidad es destrozada. Es un cuento primordial, removiendo nuestros temores y esperanzas más profundos. Es un cuento que se haya en la Biblia pero también en otro texto antiguo, un texto descubierto en las ruinas de Sumeria.

A principios de este siglo se tradujeron algunas tablas encontradas en Mesopotamia. Revelaron la leyenda más antigua de un diluvio catastrófico. La primera epopeya escrita del mundo es el relato del rey mítico Gilgamesh. Este cuento, de una inundación desastrosa, precede a la versión bíblica al menos en 2.000 años.

“Durante 7 días y 7 noches el diluvio barrió la Tierra. La gran arca fue desplazada de un lado a otro por los ventarrones…”

“En la versión de Gilgamesh el arca se encalla contra una montaña. El marinero suelta pájaros. Así que el relato tiene un fin misteriosamente similar al de la Biblia. Es un cuento fabuloso.”

Hace más de 5.000 años la historia de un gran diluvio se contó aquí por primera vez, en las antiguas ciudades de Sumeria: Uruk, Eridu y Ur. En Sumeria encontramos los orígenes de casi todo aquello que marca la civilización. Ellos inventaron la rueda, el gobierno y la jardinería. Sumeria, la primera civilización de la Tierra.

En una tierra sin piedra, los sumerios inventaron ladrillos de barro, como los que todavía se fabrican y se utilizan hoy en día. De estos sencillos bloques erigieron los primeros grandes monumentos, llamados zigurats, templos imponentes que alcanzaban gran altura. Los sumerios inventaron el minuto de 60 segundos, e incluso el adolescente problemático:

“- ¿A dónde has ido?
– ¡No he ido a ningún sitio!
– ¿Si no has ido a ningún sitio por qué pierdes el tiempo?
Vete a la escuela, ponte ante tu profesor, recita tus deberes, escribe tu tablilla.
¿Lo has entendido?”

Nosotros conocemos de los sumerios sus inventos sorprendentes y sus vidas cotidianas gracias a su innovación más impresionante: la escritura. Conocemos sus leyendas antiguas y sus secretos íntimos porque alguien los puso por escrito. Era algo que nadie había hecho antes.

“Es una ventana, pero una ventana compuesta de muchos cristales, algunos de los cuales son transparentes y otros no. Nos falta mucho más de lo que tenemos, aunque en algunos casos lo que hay es espectacular. Siempre hemos de tener presente que hay partes de la vida cotidiana que nunca podremos ver, porque corresponde a la gente de escasa importancia para aquellos que escribían las tablillas.”

Hace 5.000 años un sumerio grabó sus historias en el barro proporcionándonos una mirada al mundo en el nacimiento de la civilización.

“En cuanto a su personalidad, los sumerios eran en algunos aspectos muy parecidos a nosotros. Les importaba conocer a la gente, beber cerveza, etc. Y había varias colecciones de poesía que relatan los preparativos de una mujer para su amante, y cómo se viste y se lava y espera que llegue su amante.”

El centro de la civilización sumeria era la ciudad perdida de Ur, en un tiempo considerada el lugar de nacimiento de Abraham, el primero de los patriarcas de la Biblia.

“Es el paradigma de la ciudad bíblica en términos arqueológicos, porque allí se realizó una de las excavaciones más célebres de los años 20 y 30 por un extraordinario arqueólogo británico llamado Leonard Woolley. Una vez un arqueólogo británico describió la arqueología como la ciencia de los desperdicios, y es verdad. Pero a mi me interesa el arqueólogo que puede dar vida a las piedras, huesos, ladrillos y ollas. Así era Leonard Woolley.

Hacía de guía en una zona pequeña de Ur de Caldea, donde los cimientos de las casas estaban expuestos, y mientras caminaba hablaba de las vidas de la gente que vivía en estas casas, de los hornos, de los umbrales, los techos bajos, los muelles… La ciudad de Ur, en las manos de Woolley, resucitaba.

Woolley realizó una excavación enorme; bajaba por la antigua ciudad que se volvía cada vez más gris [¿?]. Hubo una gran capa de sedimento extraño. Se encontró con esta capa y se quedó allí perplejo, mirando, preguntándose qué podía ser aquello. Woolley cuenta cómo entonces vino su esposa, una mujer algo informal. Ella miró esa capa y dijo: “Por supuesto, es del diluvio.” A partir de entonces Woolley declaraba que la capa de sedimento era una prueba del diluvio bíblico. Captó la imaginación popular. ¿Qué más hizo? Trajo ingresos; Ur fue una excavación brillantemente vendida.”

La especulación sobre el diluvio bíblico causó sensación. Aunque faltaban pruebas irrefutables, era como si la ciencia y la Biblia se hubiesen unido en el desierto desolado del sur de Irak. Luego, Woolley, desenterró un tesoro indiscutible, un descubrimiento que proporcionó una perspectiva extraordinaria a las civilizaciones más antiguas: las tumbas reales de Ur.

Mientras excavaba en el barro, Woolley desenterró 74 esqueletos bien ordenados, todos enterrados al mismo tiempo. El entierro contó la asombrosa historia del viaje final de un rey y los que le acompañaron a la vida futura.

“De este hallazgo, Woolley desarrolló una tesis muy interesante de los entierros reales. La historia fue así: primero excavaron una fosa con una rampa que subía por un lado. En esta fosa erigieron un sepulcro de piedra y colocaron el cadáver de la persona real en Ur. Entonces la corte entera entró en la fosa. Todos, todos se pusieron en pie con unos jarritos de veneno. Se tumbaron y murieron. De esta manera el príncipe se fue a su tumba acompañado por todo su séquito.

Este se ha convertido en uno de los grandes descubrimientos. Es un gran relato de un entierro de la arqueología e histórica antigua.”

El descubrimiento de las fosas en Ur constituyó un triunfo para la arqueología. Reveló secretos antiguos de la primera civilización, pero la ciencia sólo puede llevarnos hasta cierto punto. Donde las pistas acaban, la Epopeya de Gilgamesh proporciona las huellas finales. Son las huellas que nos llevan hasta un jardín de un lugar que algunos llaman El Paraíso.

“Oh, el jardín del Edén… Al principio Dios creó el cielo y la tierra. Es un cuento maravilloso. De este tipo de mitos hay en casi todas las civilizaciones, como también suele haber un mito de la búsqueda del paraíso. Es el deseo apremiante de un mundo mejor. Los jardines del Edén, el paraíso… es el deseo de la gente de tener una vida menos complicada, una vida fácil o un premio por haber trabajado tanto.”

En la antigua epopeya sumeria de Gilgamesh el paraíso se llama Dilmun.

“Es un lugar más allá de la morada humana, así es como figura en la versión sumeria del mito del diluvio. Es allí donde el sobreviviente del diluvio se va a vivir. Y hay otros mitos que describen Dilmun como un lugar donde todo era perfecto.”

“Dilmun figura en las leyendas de Mesopotamia como una especie del jardín del Edén. Es un lugar de un intenso verde, con agua abundante, vientos frescos y brisas.”

Es un lugar maravilloso, un lugar perfecto. Sin embargo también es el territorio de una serpiente. En la epopeya antigua la serpiente roba la flor que otorga la inmortalidad, así como Adán, Gilgamesh ha de dejar el jardín y morirse. Parece que la idea de paraíso es universal, pero ¿en qué se basa? Las huellas indican un lugar encantado pero real.

400 millas al sur de la antigua ciudad sumeria de Ur se encuentra la isla de Bahrain. Era una importante plaza de mercado en las rutas del comercio que atravesaban los desiertos áridos y los mares salados de Mesopotamia. Hoy en día Bahrain es mucho menos que un paraíso, pero hubo un tiempo en que era floreciente. Esta isla tenía agua abundante y, como resultado, vida. Hace mucho tiempo esta isla era Dilmun. Pero… ¿era el paraíso?

En comparación con el desierto que la rodea, parece ser que sí. Había tanta agua aquí que lo que es ahora una isla desierta, entonces florecía. Era un jardín, ofreciendo ricos y variados frutos. Y vivía aquí una gente que aparentemente llevaba una vida bendita. Más de 85.000 montículos de tierra indicando el lugar de tumbas están repartidos por toda la isla. Probablemente es la mayor cantidad de tumbas en una sola zona del mundo antiguo.

Los antiguos huesos nos demuestran que esta gente era más alta y sana y vivía más años que cualquier otro colectivo de la región. En los montículos hay otra asombrosa huella; se encuentran restos de serpientes embalsamadas ritualmente en algún momento hace más de 4.000 años.

Allí, en Bahrain, encontramos la serpiente tal como la encontramos en la Epopeya de Gilgamesh y tal como la encontramos en la Biblia.

Nuestro viaje hacia atrás en el tiempo ha recorrido las tierras donde los babilonios, los asirios y los sumerios pisaban la tierra. Pero, ¿es posible aventurarse todavía más allá, a la tierra que oculta los pasos del propio Adán?

Aquí la fe y la razón han de separarse. Ahora sabemos que existía una isla de jardines en Mesopotamia. Si lo deseamos podemos creer que era el paraíso.

Publicado el 12/12/2013 en Docus. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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