La telaraña de la vida

La telaraña de la vida
(Suzuki Speaks. The web of life)

Tony Papa
Avanti Pictures
44 min
2004

A través de los tiempos los hombres hemos creído ser el centro del universo. La Tierra estaba en el centro y el Sol y las estrellas daban vueltas a nuestro alrededor. La Tierra y los hombres éramos el centro del universo, pero en cuanto nos dimos cuenta que no somos más que una parte del sistema solar que da vueltas alrededor del Sol, y nos enteramos de la teoría de la evolución y de que los seres humanos descendemos de unas criaturas simiescas, y somos como los demás animales, dejarnos de sentirnos como en casa en el universo.

Pero yo lo veo de una forma muy distinta. Sólo podemos ver o percibir el mundo muy parcialmente. Nuestros ojos sólo nos dejan percibir el espectro visible de la luz, mientras que hay animales que ven los ultravioletas y los infrarrojos, que para nosotros son invisibles. Sólo oímos una fracción diminuta de los sonidos que oyen los demás animales y sólo podemos oler ciertas cosas.

Pero tenemos instrumentos. Hemos creado aparatos que nos permiten ver cosas invisibles, como los rayos X y las ondas de radio.

Ahora imaginemos que en un apartado rincón del universo hay unos seres que pueden ver y detectar todo lo que nosotros sólo podemos detectar con nuestros aparatos y que están atravesando el universo en busca de vida en otras galaxias. Según van recorriendo el universo, dejando atrás miles de millones de estrellas y sistemas solares, tienen sólo espacio vacío.

En realidad, toda materia, desde la más diminuta partícula subatómica hasta una galaxia, ejerce una atracción sobre todo el universo. Esto significa que, si pudiéramos ver la gravedad, nos daríamos cuenta que el universo entero está repleto de anillos de atracción. De la misma forma, cuando llegaran a la Tierra esos seres, verían un planeta lleno de agua; no sólo la que cubre el 70% de su superficie, sino también la que forma el vapor y las nubes como ríos de agua culebreando por la atmósfera.

Esta raza alienígena percibiría las conexiones, las atracciones e interconexiones que normalmente normalmente nosotros no detectamos. Así pues, sí estamos en casa en el universo. Somos parte integrante de él y hay cosas que nos atraen y nos arrastran en todas direcciones. Nuestro lugar es la Tierra y no es un espacio vacío.

Hoy en día no vemos el mundo tal y como lo veíamos antes. A través de la historia humana nuestras canciones, nuestras oraciones, nuestros rituales han celebrado siempre el hecho de que estamos profundamente enraizados en el mundo natural, que dependemos de él. No hemos parado de afirmar que tenemos la responsabilidad de actuar correctamente para que la naturaleza siga siendo siempre igual de generosa y abundante.

Entendíamos que en la naturaleza todo está interconectado. Todo lo que hacemos acarrea consecuencias y, por lo tanto, tememos una serie de responsabilidades, pero en el mundo actual ese sentido de la responsabilidad ha quedado pulverizado.

Fragmentación

Cuando pulverizamos el universo dejamos de percibir la sutil interconexión que hay entre todas las cosas. Creo que sufrimos de una falta de ubicación; ya no nos sentimos en casa en ningún lado. Ya no sentimos que formamos parte de la comunidad más amplia a la que nos destina nuestra biofilia, es decir, nuestra necesidad de asociarnos con otras especies para formar parte de una comunidad de especies. Hemos perdido ese sentido.

Si me preguntaran cual es el efecto más nocivo de la desaparición de estas conexiones, diría que es la desubicación. Creo que es algo que nos hace sufrir espiritual y psicológicamente.

Los medios de comunicación comparten una tremenda responsabilidad en la pulverización de nuestro mundo, y no sólo la televisión o los periódicos; también Internet y la televisión por cable. Es la llamada superautopista de la información, aunque yo prefiero llamarla supercamelo de la información, porque nos están vendiendo la moto de que esto es lo mejor que nos podría pasar, que es el puente hacia el futuro y demás memeces, cuando en realidad obtenemos toda esa información en pequeños fragmentos.

Ya no nos importa el contexto que explica por qué una cosa es importante, la historia que explica por qué ha ocurrido esto o lo otro o qué podemos hacer para evitarlo. Nos llegan sólo ecos de la violencia en Bosnia o una tormenta en Pakistán o un terremoto en Guatemala. Y cuando acabamos de ver el telediario tenemos el cerebro convertido en papilla.

Superespecies

En los 3.800 millones de años que han transcurrido desde que hay vida en este planeta no ha habido una sola especie de planta o animal que fuese capaz de alterar los rasgos fisiológicos o químicos del planeta en una escala geológica. Hoy hay una especie que ha adquirido esa capacidad, y somos nosotros. Estamos alterando los rasgos físicos del planeta, y creo que es el resultado de la conjunción de 4 factores.

El primero de ellos es numérico; nos hemos convertido en el mamífero más dominante en este planeta. Pero, además, en los últimos 100 años hemos adquirido tecnologías muy poderosas: desde los ordenadores hasta el plástico, desde los viajes espaciales hasta los transplantes de órganos, cosas que han pasado a formar parte de nuestras vidas en los últimos 100 años. Todas esas tecnologías que usamos en nuestro beneficio implican que cada uno de nosotros tiene un impacto mucho mayor en la Tierra.

Así pues tenemos el factor numérico y nuestro poder tecnológico. A eso hay que añadir el hecho de que de 20 años a esta parte padecemos una terrible ansia: comprar cosas. Nos hemos convertido en hiperconsumidores, tenemos que tener cada vez más cosas y todo ha de ser cada vez más grande. Y todo eso tiene relación.

Al vivir en ciudades, en hábitats creados por el hombre, nos resulta fácil creer que tenemos el control y que hemos creado nuestro propio hábitat, que ya no necesitamos a la naturaleza.

La primera vez que hablé con personas de sociedades primitivas, me impactó la forma que tenían de referirse a la naturaleza como a una madre. Me decían que estaban hechos de los 4 elementos sagrados: la tierra, el aire, el fuego y el agua.

Guujaaw, presidente de la nación Haida:

Hace apenas unos siglos estas creencias eran del dominio público. Estamos hechos de las cosas que comemos y el agua que bebemos, y naturalmente de las experiencias que vivimos. Esos son los elementos de los que estamos hechos.

Al reflexionar sobre esto me di cuenta de que estamos planteando mal el problema del medio ambiente. No existe primero un medioambiente con el que luego interactuamos; nosotros somos el medioambiente, pues somos la tierra y estamos hechos de los 4 elementos sagrados: tierra, fuego, aire y agua. Esto no lo digo en un sentido metafórico o poético, lo digo en un sentido científico y riguroso.

Esta revelación supuso un cambio radical en mi forma de encarar los problemas a los que nos enfrentamos, el modo en que vivimos en este planeta.

Aire

Lo que quiero decir es que somos aire, literalmente. No se puede trazar una línea y decir: aquí acaba el aire y aquí empiezo yo, pues el aire está dentro de nosotros, lo llevamos pegado y repartido por todo el cuerpo.

Cuando expiramos no expulsamos todo el aire; la mitad, más o menos, permanece en nuestros pulmones mientras el resto sale, se mezcla rápidamente con el aire del cuarto, y vuelve a nuestras fosas nasales.

Estamos todos unidos, no sólo entre nosotros, sino también con los pájaros, los árboles, los gusanos y las serpientes. Estamos todos encerrados en la misma matriz de aire.

Hace años, Harrow Apli, un astronauta americano, imaginó un ejercicio fabuloso: consiste en seguir una bocanada de aire para ver qué es de ella. ¿Y cómo se consigue eso? Pues bien. Un 1% del aire está compuesto por argón, un gas inerte que no reacciona químicamente con ningún otro elemento. Cuando lo respiramos entra en nuestro cuerpo, y cuando lo expiramos vuelve a salir. Es fácil seguirle la pista. Ahora bien, ¿cuántos átomos de argón hay en una bocanada de aire? La respuesta es un 3 seguido de 18 ceros. Eso es un montón de argón. Cada bocanada de aire contiene tropecientos millones de átomos de argón. Si se abriera la puerta todo ese argón cruzaría Vancouver, la Columbia Británica y daría la vuelta al mundo. Pero si volviéramos a esta habitación dentro de un año, cada bocanada de aire contendría 15 átomos del argón respirado un año atrás.

Sapli calculó que cada bocanada de aire que respiramos contiene millones de átomos de argón que estuvieron un día en el cuerpo de Juana de Arco o de Jesucristo. Que cada bocanada contiene átomos de argón que estuvieron en el cuerpo de algún dinosaurio hace 65 millones de años, y que ese aire que respiramos seguirá insuflándose de una forma de vida a otra hasta donde podamos imaginar el futuro.

Así pues el aire es una sustancia maravillosa que nos da la vida y que nos conecta a todas las demás criaturas vivientes, y tanto al pasado como al futuro.

Agua

Básicamente el 70% de nuestro peso es agua. Somos grandes charcos de agua con el suficiente espesante orgánico como para no derramarnos en el suelo. Pero nuestro cuerpo no para de gotear; gotea la piel, los ojos, la boca… no paramos de perder agua y lo increíble es que nuestro cuerpo lo sabe. No tenemos un contador que nos indique el nivel de agua que llevamos dentro pero nuestro cuerpo está siempre pendiente. Cuando tenemos sed es porque nuestro cuerpo dice que vamos escasos de agua y cuando vamos al cuarto de baño es porque estamos demasiado llenos. El cuerpo no para de controlar su nivel de agua.

Una de las primeras cosas que aprendí en el colegio es el ciclo del agua. El agua cubre el 70% del planeta, se evapora, forma nubes, empapa la tierra, se acumula en ríos y lagos y vuelve a evaporarse. Lo llamamos el ciclo hidrológico.

El agua es un conector, igual que el aire. El agua nos conecta a todos. Somos agua y esa agua viene de todas partes, así pues, lo que hacemos con el agua nos lo estamos haciendo a nosotros mismos.

Tierra

Los niños suelen referirse a la tierra como porquería, algo sucio, algo desagradable. Hasta la palabra tierra, que es el término correcto para designar a la fina capa superficial del planeta que nos mantiene vivos, tiene connotaciones negativas; lo terrenal se opone a lo celestial.

Uno de los mayores regalos que me hizo mi madre fue que, cuando salía en primavera y me empapaba y me llenaba de barro recogiendo huevos de rana y salamandra, nunca me regañó. Al revés: se alegraba de verme volver a casa con un tarro con huevos. Le encantaba. Siempre le he agradecido eso a mi madre. Nunca nos asustó hundirnos en la tierra y el barro y ponernos perdidos.

La tierra es lo que nos mantiene vivos.

Siempre se dice que la atmósfera es muy delgada, pero la tierra lo es aún más. Es una capa finísima.

Somos tierra. Somos tierra, literalmente, pues la mayor parte de la comida que comemos crece en la tierra. Nos metemos la comida en la boca, la despedazamos y nos quedamos las moléculas que nos interesan para convertirlas en parte de lo que somos. Somos tierra porque estamos hechos de las moléculas de las plantas y animales que ha absorbido la tierra y las convertimos en parte de nuestro cuerpo.

Fuego

También somos fuego, porque cada partícula de la energía que nos hace crecer, movernos y reproducirnos, toda esa energía química que almacenamos en nuestro cuerpo, empezó siendo luz solar. Las plantas han encontrado una forma de capturar la energía de la luz solar a través de lo que llamamos fotosíntesis, para convertir la energía química de la misma forma en que nosotros almacenamos el azúcar y cuando lo quemamos liberamos su energía y la utilizamos.

Como carnívoros comemos otros animales, y como herbívoros comemos plantas, que encierran luz solar. Y de esta forma la asimilamos. Así pues somos fuego literalmente hablando. Lo interesante del caso es que cada pequeño fuego que encendemos en la Tierra, ya sea quemando madera, carbón o gasolina, es luz solar capturada por las plantas y almacenada en los combustibles fósiles o en los árboles que talamos o en la turba que recogemos.

Cada pizca de energía que usamos fue inicialmente luz solar. Somos, pues, fuego.

Vida

Imaginemos que unos científicos inventaran una máquina del tiempo. Pulsamos un botón y… ¡catapum!, retrocedemos 4.000 millones de años. Podemos ver el aspecto que tenía el planeta por aquel entonces. Así que abrimos la escotilla, salimos, y en menos de 2 minutos estamos muertos. ¿Por qué? Porque aquel aire era totalmente tóxico. Estaba cargado de dióxido de carbono y no contenía oxígeno. Hubo que esperar a que emergiera la vida e inventara la fotosíntesis para que las plantas eliminaran el dióxido de carbono y desprendieran oxígeno, y al cabo de millones de años convirtieran el aire en algo que los animales pudiéramos respirar.

Pero todo eso lo sabríamos antes de emprender el viaje, así que bastaría con coger las bombonas de aire que tendríamos debajo del asiento, colocárnoslas, ponernos el casco, activar el aire y salir.

Al cabo de unas horas supongo que nos entraría sed. Ahora bien: ¿dónde encontraríamos agua con aspecto de ser potable? ¿Cómo conseguir agua potable?

El agua cae al suelo, donde es filtrada por la tierra. Los hongos, las raíces de plantas, las bacterias y demás microorganismos eliminan los materiales tóxicos para que podamos beberla. Antes de que existiera vida en la Tierra había que andarse con mucho cuidado con lo que se bebía porque no había nada que filtrara el agua. Eso también lo tendríamos previsto, así que debajo de nuestro asiento también encontraríamos una botella de agua. Podríamos acoplarla a nuestro casco, salir y beber el agua, pero, al cabo de unas horas nos entraría hambre. ¿Dónde encontraríamos algo que llevarnos a la boca en un mundo sin vida?

Todos los nutrientes que necesitamos para formar nuestro cuerpo fueron un día un ser vivo, planta o animal. Antes de que emergiera la vida no había nada que comer. Como habríamos contado con eso, viajaríamos con un montón de comida, e incluso con algunas semillas para plantar quizá unas lechugas o unos rábanos, pero, ¿dónde encontraríamos tierra para plantar esas semillas?

La tierra está hecha de los restos de los seres vivos que murieron y donaron sus moléculas a esa matriz de polvo, cieno, gravilla y arcilla. La tierra donde plantamos lo que comemos, es pues, producto de la vida.

Y finalmente, cuando se pusiera el sol y nos dijéramos “estaríamos más a gusto si hiciéramos una hoguera”, ¿dónde encontraríamos algo que quemar hace 4.000 millones de años? Todo nuestro combustible es producto de la vida, así que habríamos traído madera, unas ramitas para prender la leña y papel. Sacaríamos una cerilla, la encenderíamos y no pasaría nada. Para tener una llama se necesita oxígeno, pero antes de que hubiera plantas no había oxígeno. Antes de que emergiera la vida no había fuego en ningún rincón del planeta.

Con esto quiero decir que la telaraña de los seres vivos, la biodiversidad, es lo que ha creado los elementos que necesitamos para sobrevivir.

Necesidades

Somos animales. Somos criaturas biológicas y eso dice nuestras necesidades reales. Necesitamos aire limpio, agua limpia, tierra limpia que nos dé de comer y energía limpia que venga del Sol. Sin todo eso moriríamos.

Pero nos hemos evadido de esa realidad. Lo cierto es que no nos gusta que nos recuerden que somos criaturas biológicas. Si le decimos a alguien: “el otro día en la fiesta te comportaste como un animal”, le estamos insultando. Si le decimos a alguien que es una gallina, una serpiente, un gusano, un cerdo o un mono, le estamos insultando. Nos creemos distintos y superiores a los animales.

Una vez en un centro comercial vi un letrero que rezaba: no se admiten animales. Si todos los clientes fueran biólogos y se lo tomaran al pie de la letra, no quedaría nadie en las tiendas. Somos animales, y eso dicta nuestras necesidades reales.

Pero somos algo más que meros animales biológicos. También somos animales sociales, y como animales sociales tenemos necesidades que, de no ser satisfechas, nos impiden vivir plenamente.

Leyendo ensayos científicos me he dado cuenta de que para ser plenamente humanos, para llevar una vida plena, tenemos que satisfacer una importante necesidad social: el amor. Y digo esto en un sentido científico, literal.

Fijémonos en los testimonios de niños que han crecido bajo el terror en Camboya o en Ruanda durante aquel terrible genocidio. En Bosnia o en Rumania encontramos niños que tienen comida, ropa y techo, pero a los que nadie ha cogido nunca en sus brazos, a los que nadie ha besado y dicho que les quería. Todos esos niños están mutilados psicológicamente, e incluso físicamente, ya que mueren antes que los niños criados con amor.

El amor es un proceso recíproco entre nosotros y la persona que nos quiere. Es un proceso recíproco de querer y ser querido. Con él aprendemos a empatizar, a preocuparnos por los demás, a ser plenamente humanos. Pero somos algo más que meras criaturas biológicas o animales sociales: también somos seres espirituales, y esto es algo que muchos científicos rehúsan reconocer.

Yo creo que no cabe duda de que hoy en día tenemos necesidades espirituales. El dilema al que nos enfrentamos es que hemos asumido una posición muy dominante, llevamos el peso del mundo sobre nuestros hombros.

Tenemos que ser mucho más conscientes de nuestra dimensión espiritual y nuestra conexión con la naturaleza. Tenemos que darnos cuenta de que hemos emergido del mundo natural, que permanecemos enraizados en él, y cuando cobremos consciencia del hecho terrible de que somos mortales, nos debería consolar pensar que un día volveremos a la naturaleza que nos dio vida.

Tenemos que darnos cuenta de que el mundo está hecho de lugares que no son sólo oportunidades o materias primas o recursos, sino que son lugares sagrados. Hemos de darnos cuenta de eso y comprender que hay lugares especiales a los que hemos de acudir con respeto.

Economía

De un tiempo a esta parte todos los columnistas y políticos nos dicen una y otra vez, como si fuese un mantra, que la última palabra la tiene la economía. Que la economía es la fuente de todas las cosas importantes. Hemos de sacrificarnos en nombre de la economía. Hemos de renunciar a determinadas prestaciones sociales en nombre de la economía.

La economía ha sido cosificada, convertida en una especie de entidad autónoma. Es como volver a la Edad Media cuando sacrificaban vírgenes para aplacar dragones. Ahora es la economía. En cuanto la economía tiene un problema nos ponemos todos a temblar, y cuando se expande lo celebramos todos. Nos hemos convencido que es la fuente de todas las cosas importantes.

Creo que estamos dejando de lado una realidad mucho más fundamental.

Si hablamos con un economista y le preguntamos en qué consiste la economía, nos enseñará un gráfico y nos dirá: esto es la economía. Es impresionante. Aparecen las materias primas, que luego hay que extraer, procesar, manufacturar, vender al detalle, al por mayor y toda clase de flechas y cositas. Y la idea subyacente es que si sabemos cuales son los componentes de la economía, podemos arreglárnoslas desgravando esto, gravando aquello y así mantenerlo todo a flote. Pero si preguntamos en qué parte del diagrama están la capa de ozono, o los acuíferos subterráneos de agua fósil, o qué pasa con la capa superior de la Tierra o la biodiversidad, sabemos cual va a ser la respuesta: eso son externalidades.

Una externalidad es algo que no entra dentro de la ecuación económica. ¡Así que estamos externalizando el mundo real! Es como vivir en Marte. Esta concepción no tiene nada que ver con la realidad. La realidad es que la Tierra es el centro de nuestra existencia, lo que hace que la economía sea posible.

Bob Costanza y un equipo de economistas y ecologistas se propusieron calcular cuanto nos costaría suplir todos los servicios que la naturaleza nos presta gratis. Por ejemplo, si quisiéramos depurar el agua para no depender de los bosques que filtran nuestras cuencas, ¿cuanto nos costaría construir una planta depuradora? Y hay muchas cosas que bajo ningún concepto podríamos hacer, como reemplazar a los insectos polinizadores.

Pero hagamos una estimación de lo que costaría elaborar la tecnología necesaria para eliminar el dióxido de carbono del aire y sustituirlo por oxígenos. El resultado al que llegó Costanza es que nos costaría 33 millones de dólares al año hacer lo que la naturaleza hace gratis.

La naturaleza nos suministra el doble de servicios que todas las economías del mundo juntas. Y los economistas dicen que son externalidades. No tienen ni idea de lo que están hablando. Cada vez que destruimos parte de la naturaleza tenemos que pagar para suplirla.

Crecimiento

Este es nuestro hogar. El planeta donde nacimos y al que pertenecemos. Si creemos que podemos expandirnos indefinidamente, destruir este planeta e irnos a otra parte, ¿qué dice eso de nuestra especie?

Lo peligroso del imperativo según el cual hemos de conseguir un crecimiento constante, indefinidamente, es que nos lleva por un camino suicida. Lo ilustraré con un ejemplo muy sencillo. Imaginemos una probeta que representa a la Tierra llena de comida para bacterias. Voy a introducir una célula bacteriana y cada minuto que pase se va a dividir en 2. Al principio hay una célula. Al cabo de un minuto dos. A los dos minutos, cuatro. A los cuatro, ocho. Esto se llama crecimiento exponencial. Al cabo de 60 minutos la probeta estará completamente atestada de bacterias y ni rastro de comida. ¿En qué minuto estará la probeta medio llena? En el 59. Así que en el 58 estará al 25%. A los 55 minutos de este ciclo de 60 estará llena en un 3%. Si una de las bacterias dijera en el minuto 55: “creo que tenemos un problema de superpoblación”, las demás dirían: “¿de qué estás hablando? Llevamos 55 minutos en esta probeta y aun nos queda el 97% del espacio”, pero en realidad les quedarían 5 minutos para llenarlo, así que en el minuto 59 dicen: “¡Dios mío, nos queda un minuto! Y se nos está acabando la comida”.

De modo que invierten en biotecnologías, ingeniería genética e informática para crear 3 probetas llenas de comida. Están salvadas; han cuadruplicado la cantidad de comida y de espacio. ¿Y ahora qué? En el minuto 60 la primera cubeta estará llena, en el 61 estará llena la segunda y en el 62 estarán llenas las 4. Así que cuadruplicando la cantidad de comida y espacio sólo habrán comprado una prórroga de 2 minutos.

Cuando la biosfera esté en apuros no habrá megaproyecto científico, por ambicioso que sea, que logre aumentar la cantidad de aire, agua y tierra. Y la mayoría de los biólogos creen que hace ya tiempo que pasó el minuto 59…

Si esto es así, ¿cómo puede ser que vivamos cada vez más tiempo, que estemos más sanos, que poseamos más cosas y que tengamos una economía fuerte? ¿Cómo que hemos llegado al minuto 59? Lo cierto es que vivimos en una abundancia ilusoria. En realidad estamos agotando nuestras tierras, vaciando nuestros océanos, nuestras selvas están desapareciendo, la atmósfera está cambiando, estamos rodeados de señales de alarma. Los que siguen afirmando que debemos mantener un crecimiento constante están contribuyendo a saquear cada vez más el legado de nuestros hijos.

Valor

En mi opinión el principal problema de la economía es que no reconoce ningún valor a las cosas que a mí me parecen importantes. Se lo explicaré.

Yo vivo en una zona privilegiada de Vancouver, cerca de la playa de Kitsiland, y hace unos años me llegó una carta de un agente inmobiliario que dijo que estaba llegando a Vancouver mucho dinero procedente de Asia y que ahora era el mejor momento para vender mi casa y forrarme. Cuánto me irritó eso… Mi casa no es sólo una finca; es mi hogar. Así que pensé: ¡de acuerdo! Si dejara que este tío vendiera mi casa, ¿cuáles diría que son las características que la hacen especial?

Compré esta casa hace 25 años, cuando mi mujer aún estaba haciendo sus estudios de postgrado en EEUU. Cuando vino la arregló, puso los armarios… Yo valoro mucho eso. Mi padre era ebanista y cuando compramos la casa fabricó muchos de los muebles; eso también lo valoro. Son muebles caseros, pero para mí valen mucho porque los hizo mi padre. Tenemos un cornejo en el jardín. Nuestros hijos lo convirtieron en un cementerio y allí hemos enterrado serpientes, pájaros y a nuestro perro, Pasión, cuando falleció. Eso también lo valoro. Cuando mi mejor amigo, Jim Murray, vino a Vancouver, me ayudó a construir la valla. Hizo un picaporte de madera que aún sigue en su sitio. Cada vez que abro esa valla me acuerdo de Jim, mi mejor amigo. Mis suegros viven en el piso de arriba. Son fanáticos de la jardinería y saben que me encantan los espárragos y las frambuesas, así que han plantado espárragos y frambuesas. Eso también lo incluyo en la lista. Cuando murió mi madre pusimos sus cenizas en la clemátide de la valla. Cada año, cuando la clemátide florece, es como si mi madre estuviera conmigo.

Mientras hacía esa lista me di cuenta de que esos detalles eran los que hacían que la casa fuera mi hogar, las cosas que hacen que no tenga precio, y sin embargo, en el mercado, no tienen ningún valor. Hay algo raro en un sistema económico que sólo valora aquello que para nosotros tiene menos importancia que otras cosas más triviales. Ese es el problema de todo el sistema de valores que implica nuestra economía.

Esperanza

A menudo me preguntan cómo hago para salir adelante después de contar estas cosas tan deprimentes. La respuesta es que tengo una deuda con el futuro. Nadie preguntó a mis hijos si querían nacer. Me han llenado de alegría y orgullo y tengo una deuda colosal con ellos. Ahora, además, me han dado nietos. Tengo una gran responsabilidad para con el futuro.

Nadie podía preveer todos estos cambios: el derrumbamiento de la Unión Soviética, el final de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín o el fin del apartheid. Así que no creo que hoy se pueda decir que es demasiado tarde, que no hay nada que hacer. Creo que la esperanza es lo que nos debe mover en estos tiempos.

Me acuerdo de Nelson Mandela y de todo el tiempo que pasó en la cárcel. Podría haber salido en cualquier momento; sólo tenía que traicionar al Congreso Nacional Africano. Tuvo que haber algún momento al cabo de 15 ó 20 años en el que se dijese: “Dios mío, ¿qué estoy haciendo?”, pero esperó, no bajó los brazos, y ya ven lo que pasó.

Para mí es todo un modelo. Nadie puede permitirse decir que es demasiado tarde.

Juventud

Cuando se es joven es muy fácil acabar desencantado con el proceso político y económico. No paramos de ver gente que dice una cosa y luego hace otra, pero los jóvenes tienen un montón de gente a la que ver como modelos.

Cuando yo era joven me inspiró mucho Richard Carson [¿?]. Un día diría que Nelson Mandela es un gran modelo. Incluso gente como Sting o Bono de U2 ha hecho mucho más que simplemente ser famoso. Han usado su fama para promover causas en las que creen y creo que los jóvenes tienen que darse cuenta que el futuro les pertenece. Van a heredar el planeta.

Mi padre siempre dice: eres lo que haces, no lo que ves. Pues bien, lo que hacéis me hace llorar por las noches. Los adultos decís que nos queréis, pero yo os digo aquí: por favor, haced que vuestros actos reflejen vuestras palabras. Gracias.

Cuando mi hija tenía 12 años pronunció un discurso en Río. Asistieron muchos adultos que luego le dijeron: “cuanta razón tienes. Los adultos hemos estado haciendo un trabajo lamentable con el planeta. Contamos contigo para cambiar el rumbo. Cuando crezcas no serás como nosotros.” Mi hija les respondió algo muy interesante: “¿Con que esa es vuestra excusa para no hacer vuestro trabajo? ¿Vais a esperar a que lo hagamos nosotros?”. Y les preguntó cómo iba a ser ella distinta teniéndolos a ellos de modelos. “Sois vosotros quienes tenéis que enseñarnos a portarnos bien cuando seamos adultos”, y así les devolvió la responsabilidad.

Los jóvenes tienen mucho que aportar. Tienen que recordar a los mayores la razón por la que entraron en política. ¿Por qué se preocupan tanto por ganar dinero? ¿Su intención inicial no era precisamente garantizar un buen futuro a sus hijos?

Mis primeros recuerdos de infancia están repletos de aventuras con mi padre, cuando íbamos de pesca o de excursión. Para mí esa es la mejor forma de aprender. Siempre he considerado que esa fue la etapa que me ayudó a aprender biología sin esfuerzo, poniéndome directamente en contacto con la naturaleza. Sabía cuando desovaban los peces, sabía lo que comían las percas, sabía donde encontrar sanguijuelas o ranas. Aprendí toda la biología que se puede aprender.

De niño, en cuanto tenía un rato libre, me montaba en mi bici y en 15 minutos llegaba a un gran pantano por un camino de tierra.

En los años 40, y a principios de los 50, estaba pasando por la pubertad. Es un periodo terrible en el que las hormonas te machacan el cuerpo y dañan tu mente, pero yo iba a mi pantano. Era un lugar mágico, donde podía olvidarme de todas esas movidas y limitarme a aprender y observar. Luego volvía a casa, victorioso, cargado de tarros con huevos de salamandra o de ranas y había visto zorros, mofetas y halcones…

Ahora donde estaba mi pantano hay un gigantesco centro comercial, y donde antes estaba la granja de mis abuelos han erigido un bloque de apartamentos. Me pregunto dónde encontrarán inspiración los niños de hoy en día, la que yo encontraba cuando era pequeño en Londres. ¿La encuentran en los centros comerciales, navegando por Internet o jugando a sus videojuegos? Yo le garantizo que eso nunca reemplazará las maravillas y la magia del mundo real.

Creo que el problema del siglos XXI es que estamos atrapados, a pesar de lo inteligentes que nos creemos. Pensamos que la clave de la felicidad es tener un montón de cosas, pero todos sabemos que en el fondo que la vida no va de eso. Nos hemos vuelto adictos a la idea de que necesitamos cada vez más trastos. Ahorramos para eso, es lo que buscamos, sobretodo artículos caros, como un ordenador o un coche. Pensamos que va a ser genial. Nos compramos cualquier trasto caro, pero a los pocos días de comprarlo el placer se ha agotado. ¿Qué hacemos entonces? Sabemos que ese artículo no va a llenar el vacío que albergamos dentro, así que ahorramos para el siguiente.

Reconexión

Creo que nuestro mal actual es la pobreza espiritual, la falta de solidaridad, la desintegración de la familia. Nos encontramos solos y alienados. La mayor alegría sería redescubrir que estamos enraizados en la naturaleza, que este es nuestro hogar donde podemos sentirnos como en casa. Redescubrir el amor que compartimos todos, no sólo con nuestros hijos o nuestra comunidad, sino con las demás especies.

Formamos parte de la maravillosa comunidad de los organismos vivos, la telaraña de la vida.

En su último año de vida éste es el lugar que más gustaba a mi padre. Pasó sus últimos meses en una silla de ruedas, pero yo lo sacaba de paseo y podía pasarse horas enteras aquí, sentado, arropado con su manta, mirando el océano. Cuando venía a recogerlo al atardecer me decía: “he pasado un día estupendo”.

Cuando murió mi padre arrojamos sus cenizas al océano desde estas rocas. Siempre creyó que cuando morimos no desaparecemos. Al fin y al cabo estamos hechos de átomos, y los átomos no desaparecen cuando morimos. Cuando los tiras al aire, vuelven a la naturaleza.

Mi padre decía: “cuando veas al águila volando en los cielos, cuando oigas al viento suspirando entre las ramas, cuando veas al salmón deslizándose en el océano, allí me tendrás.” Y estoy totalmente de acuerdo, porque al igual que emergimos del mundo natural, a él regresaremos cuando muramos.

Lo cierto es que somos la Tierra, y al morir nos convertimos en parte de éste nuestro hogar.

Publicado el 09/12/2013 en Docus. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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