La ciencia del Sex Appeal (2 de 2)

La ciencia del Sex Appeal (2 de 2)
Discovery Channel
88 min
2008

[Venimos de la 1ª parte…]

Entorno a la idea de que hay ciertos aromas que nos enloquecen y desatan los instintos sexuales, se ha creado toda una industria. Los científicos llevan años investigando si el ser humano segrega feromonas, unas sustancias químicas que influyen en la conducta sexual. Hasta ahora, sólo han encontrado una que se acerca a la descripción: la androsterona es una hormona que segregan las glándulas apocrinas de los hombres, situadas donde hay vello corporal. Pero no se puede decir que sea, precisamente, un elixir de amor.

“Por lo general, a las mujeres les desagrada el olor de los hombres; el olor de la androsterona es parecido al del almizcle al principio, pero luego va pasando a ser como el de la orina.”

Karl Grammer es un especialista en Biología Evolutiva que trabaja en Viena y está a la vanguardia de los estudios sobre las feromonas humanas. Al comienzo de su investigación, Grammer descubrió que hay un momento en el ciclo menstrual femenino en el que a las mujeres no les desagrada el olor acre de la androsterona y empieza a gustarles.

“De pronto, cuando empieza la ovulación, los hombres y, en particular, los hombres atractivos, huelen bien.”

Así que la androsterona es un radar muy eficaz para los hombres, a la hora de emparejarse, puesto que repele a las mujeres que no son fértiles. Pero la relación entre el interés sexual de una mujer y el olor de un hombre es aún más complejo.

El agua salada del sudor se mezcla con la androsterona, que segrega las glándulas apocrinas y ambas alimentan a las bacterias que están presentes en la piel. Es el caldo de cultivo microscópico que confiere a cada hombre su olor característico, un olor con el que las mujeres sintonizan de forma muy precisa.

Elisabeth Oberzaucher forma parte del equipo de Grammer y ha diseñado un método para destilar esencia de hombre.

“Primero ponemos a los chicos a correr en las cintas para que suden mucho. Queremos comprobar si todas las mujeres prefieren específicamente el olor de un hombre en concreto o si, por el contrario, se producen varios emparejamientos porque una chica prefiera el olor de un chico y otra el de otro con un olor totalmente distinto.”

Los hombres dejan las camisetas sudadas impregnadas de un olor que les dice a las mujeres mucho más de lo que imaginamos.

“En mi opinión, el olor es una señal muy interesante, porque funciona de forma subconsciente. No podemos intervenir conscientemente en el efecto que causa en nosotros, en cómo lo percibimos. La forma en la que el cerebro procesa los olores está muy relacionada con las respuestas emocionales.”

No sólo con las emocionales, sino también con las genéticas: nuestro olor está muy relacionado con lo que se conoce como el complejo principal de histocompatibilidad. Este complejo es una familia de genes del ADN que determina las enfermedades frente a las que el sistema inmunitario está preparado para protegernos. En esa región del ADN hay unos 100 genes distintos con múltiples variantes. No hay dos personas con la misma combinación, por lo que no hay dos personas que huelan igual.

“Todavía no sabemos exactamente de qué modo nuestro olor corporal informa acerca de nuestro sistema inmunitario, pero sí tenemos pruebas científicas de que están relacionados. Nuestro sistema inmunitario determina qué bacterias pueden vivir en la piel y esas bacterias son las que originan el olor del sudor.”

¿Cómo reaccionarán las mujeres ante las camisetas sudadas? La respuesta inicial es la que cualquiera esperaría.

“- La verdad es que la mayoría de estos olores no resultan precisamente atractivos.
– A veces, es difícil apreciar diferencias entre ellos.
– Es verdad.”

Pero no todas opinan lo mismo.

“- A mí, ha habido un olor que no me ha desagrado tanto. No era demasiado fuerte, ni intenso… me ha gustado.”

“El hecho de que a una de ellas le haya gustado uno de los olores puede deberse a dos cosas: una, que estuviera en su período fértil y por eso el rechazo a los olores masculinos se hubiera reducido; o dos, que su complejo principal de esta compatibilidad, es decir, su sistema inmunitario estuviera muy en consonancia con el de él.”

Oberzaucher y Grammer descubrieron que a las mujeres sólo les gusta el olor de un hombre con dos condiciones: que esté a uno o a dos días de la ovulación y que los genes del complejo principal de histocompatibilidad del hombre sean muy distintos de los suyos. Desde entonces, varios estudios en el mundo han obtenido estos mismos resultados; entre ellos, está el de la Universidad de California dirigido por Martie Haselton.

“Las personas preferimos olores corporales diferentes a los nuestros. Heredamos de nuestros padres su conjunto de genes del complejo principal de histocompatibilidad; si el conjunto paterno y materno son diferentes, tu sistema inmunitario será más eficaz que si son iguales.”

El olfato de las mujeres podría estar ayudándolas a encontrar una pareja adecuada en el período del ciclo en el que tienen más probabilidades de concebir. Pero el equipo de Elisabeth tenía el presentimiento de que esa no era su única función; también les sirve para evitar que les atraigan sus familiares.

Para comprobarlo, hicieron otra versión del experimento de las camisetas sudadas y en los frascos pusieron una prenda que pertenecía al hermano o al padre de una de las participantes. Cuando esa mujer olfateó la camiseta de la persona con la que tenía parentesco, mostró un rechazo particularmente acusado.

“El rechazo al olor de los familiares cercanos es un rechazo de carácter sexual; te hace repeler sexualmente a la otra persona. Pensamos que la función principal de este rechazo a los olores similares al propio es evitar el incesto, porque las personas con parentesco tienen sistemas inmunitarios muy similares y olores muy parecidos.”

El incesto es una bomba biológica de relojería; los hijos nacidos de esas uniones tienen un sistema inmunitario muy vulnerable. No es de extrañar que la naturaleza haya depositado el mecanismo para evitar el incesto en las manos de una esencia tan profunda que apenas somos conscientes de ella. Los especialistas en Biología Evolutiva creen que los primeros seres humanos dependían mucho más del olfato que nosotros.

“Entre aquellos primeros humanos era difícil saber si uno tenía un parentesco cercano con los demás. Se vivía en grupos de clanes familiares y había muchas posibilidades de que estuvieras emparentado con otros individuos sin saberlo. El hecho de detectar a un familiar no era tan fácil como ahora, que solemos saber perfectamente quiénes son nuestros hermanos. ¿Y cómo captaban entonces esta información? Pues parece ser que a través del olor corporal.”

Las mujeres navegan por las peligrosas aguas de la reproducción sexual guiadas por el olor corporal de los hombres; el olfato las ayuda a no encallar en las arenas de una pareja inadecuada genéticamente y dirige su rumbo a la que les vaya a dar hijos sanos. El olor masculino suele producir rechazo, pero en el caso de las mujeres, la cosa cambia: cumple una función secreta y sorprendente en lo que respecta al atractivo sexual.

“Cuando los hombres se ven expuestos al olor de las secreciones vaginales, pierden la capacidad de distinguir el atractivo de las mujeres.”

Como vemos, hombres y mujeres están al acecho y juegan al gato y al ratón, evaluando el atractivo del otro, mientras tratan de promocionar el propio. Es el juego de seducción al que nos referimos cuando hablamos de coquetear o flirtear.

Es un juego al que todos sabemos jugar de forma instintiva y el mejor sitio para observarlo es en una velada de citas rápidas. Martie Haselton estudió estas citas desde el punto de vista evolutivo.

“Las citas rápidas son una competición entre mujeres y entre hombres para impresionar a los miembros más atractivos del sexo opuesto.”

El objetivo de ambos sexos es encontrar una buena pareja, pero los métodos son muy diferentes.

“Los hombres hablan de sus profesiones, de sus trabajos y de dónde estudiaron; las mujeres explotan sus señales de atractivo y juventud.”

La investigación de Haselton está enfocada a tratar de predecir el resultado de las citas mediante la observación de las expresiones faciales y ha descubierto que sólo uno de los sexos muestras sus cartas abiertamente.

“Un mero espectador, que vea la grabación y observe a un hombre interactuando con una mujer, tiene muchas probabilidades de adivinar si él está interesado en ella realmente, pero será incapaz de saber si ella está interesada en él.”

La mayor parte de lo que un hombre necesita saber de una mujer es obvio: su cara y su cuerpo dan información sobre su salud genética. Pero las mujeres se preocupan por algo más que los genes; les interesa la posición social y los recursos del hombre, así que tienen que indagar más.

“Las mujeres tienen que sacar información para evaluar en qué medida ese hombre puede ser una buena pareja, así que actúan como si estuvieran interesadas y hacen muchas preguntas. Y la respuesta de los hombres es “pavonearse”, por así decirlo.”

Todos lo hemos visto alguna vez: en muchas ocasiones, cuando un hombre cree que hay una mujer interesada por él, se equivoca. Pero no se puede culpar a los hombres por pensar que son un regalo del cielo para las mujeres.

“Si le pides a un hombre que evalúe su grado de interés sexual, tenderá a situarlo en un nivel medio-alto; si se lo preguntas a una mujer, lo situará en un nivel bajo-medio. La explicación, en un sentido evolutivo, es que si los hombres infravaloraran el interés sexual de una mujer por ellos, se perdería esa ocasión para reproducirse y eso tendría un coste importante para la evolución de la especie.”

Es mejor que un hombre lo intente y falle a que ni siquiera lo intente. Pero es posible que la incesante persecución de las mujeres por parte de los hombres no sea culpa suya: hace más de una década, los primatólogos descubrieron que los monos no le prestan atención a las hembras estériles en la época de celo, pero si a esas hembras se les impregnaba con las secreciones sexuales de hembras fértiles, los machos enloquecían con ellas. Las secreciones tenían un olor característico y una composición química determinada y los investigadores les dieron un nombre muy ilustrativo: copulinas.

Las mujeres producen unas secreciones similares cuando están ovulando. ¿Son las copulinas otra de las armas secretas de las mujeres para atraer a los hombres?

“No tienen un olor muy agradable; huelen como a mantequilla rancia.”

En sus laboratorios de Viena, Karl Grammer y Elisabeth Oberzaucher crearon copulinas artificiales e idearon un experimento para comprobar sus efectos en los hombres. Les pidieron a los participantes que puntuaran las fotografías de varias mujeres, mientras inhalaban una pequeña dosis de copulinas, tan pequeña que ni siquiera eran conscientes de oler nada en particular. Los resultados fueron sorprendentes.

“Si un hombre mira varias fotografías de mujeres, normalmente puede decir cuáles les parecen más atractivas y cuáles menos. Pero si están expuestos a las copulinas, pierden la capacidad de distinguir el atractivo: todas les parecen igual de atractivas.”

Con sólo olisquear las copulinas, la concentración de testosterona de un hombre aumenta espectacularmente.

“La testosterona hace que no puedas pensar con tanta claridad como de costumbre y la capacidad cognitiva de un hombre para decidir si una mujer es atractiva, queda anulada.”

En las discotecas de todo el mundo hay una guerra bioquímica en marcha. Los hombres segregan androsterona, esa sustancia de olor acre que repele a todas las mujeres que no están ovulando y las mujeres contraatacan con las copulinas, que hacen que todos los hombres las vean atractivas. Pero las tácticas biológicas no acaban aquí; los estudios científicos están destapando un cóctel de sustancias químicas que intervienen en las distintas fases de la atracción: el flirteo, el deseo sexual y el amor para toda la vida.

La atracción es la verdadera fuerza magnética del ser humano, pero ahora los estudios científicos están desvelando que la atracción tiene muchas fases y que lo que comienza como un mero subidón bioquímico puede desencadenar una compleja reacción en cadena.

“Hay mucho en un beso. Mientras lo das, estás viendo, oliendo, tocando, probando y oyendo a la otra persona. Intervienen todos los sentidos, así es que no es de extrañar que mucha gente diga que un beso fue el principio de una relación larga y maravillosa… o el final.

Los hombres tienen una gran cantidad de testosterona en la saliva, así que cuando un hombre y una mujer se besan ya reciben la testosterona, que es la hormona del deseo sexual.”

La testosterona, el elixir del deseo, impulsa a los hombres a competir por las mujeres para aparearse con ellas.

“El comportamiento de las mujeres aumenta el nivel de testosterona en los hombres y eso cambia el comportamiento de los hombres con las mujeres. La testosterona también hace que ellos sean más competitivos y cuanto más competitivo sea un hombre, más posibilidades tendrá de aparearse.”

La testosterona también es fundamental en el apetito sexual femenino, pero sólo sirve para llevarte a la cama. Las sensaciones que te hacen seguir adelante son consecuencia de los efectos de otra sustancia: la dopamina.

“La dopamina produce esa sensación de euforia, alegría y vértigo, y te ayuda a estar concentrado.”

La dopamina es la sustancia que activa el centro de placer del cerebro. Las drogas como la cocaína también actúan inundando el cerebro de dopamina. El subidón de dopamina por el sexo o las drogas es adictivo; nos hace querer más.

“Bajo los efectos de la dopamina, estamos rebosantes de energía; produce esa euforia que nos hace estar toda la noche por ahí.”

La dopamina, la testosterona, el deseo y la excitación forman un conjunto de elementos interrelacionados que interactúan y se retroalimentan y los niveles altos de dopamina parecen aumentar el apetito sexual, incluso en situaciones que no tienen tintes románticos.

Los deportes extremos, como el goming, también producen un subidón de dopamina. En la encuesta en la que se estudiaba cómo influía la posición social en la valoración del atractivo masculino, varias mujeres puntuaron la fotografía de este hombre.

“- Un 5.
– 4.
– 4.”

¿Cómo le valorará un grupo de mujeres que acabe de saltar?

“- Un 6.
– Un 7.
– Un 9.
– La verdad es que ha sido muy emocionante y la única persona en la que pensaba era en mi novio; cuando le he visto, era como si fuese la única persona que había ahí y le veía guapísimo.”

Nos basta con un chute de dopamina al cerebro para ponernos a tono y luego, con practicar sexo, para querer más.

“Sí, claro, te sientes eufórico y quieres volver a vivirlo. Vuelves a por más y puede crear adicción; quieres repetir y buscas la forma de volver a conseguirlo.”

Si la testosterona es la que despierta el apetito sexual y la dopamina nos hace ser adictos a los placeres del sexo, ¿será también alguna sustancia química la culpable de que nos enamoremos?

En 2004, las doctoras Lucy Brown y Helen Fisher comenzaron a escanear la actividad cerebral de varias parejas jóvenes, en busca de las pruebas físicas del amor.

“Desde que empezamos, yo estaba completamente convencida de que habría un mecanismo cerebral asociado al amor romántico; no cabía otra posibilidad. Es demasiado intenso y obvio; la poesía, las canciones, las novelas, los mitos, las leyendas… Tenía que haber un mecanismo cerebral muy primario que hubiera evolucionado por una razón importante y estaba segura de que encontraríamos la huella del amor en el cerebro.”

Hicieron una resonancia magnética de los participantes, mientras les mostraban dos fotografías. Una, de su media naranja y otra, de un simple conocido.

“Queríamos comprobar si hay una parte del cerebro específica que se active al ver a la persona amada, distinta de la asociada a la vista. Hay áreas del cerebro responsables del conocimiento facial, por ejemplo, ¿pero habría alguna relacionada únicamente con el ser amado?”

Lo primero que observaron Brown y Fisher es que, cuando los participantes veían a sus parejas, se registraba actividad en el área tegmental ventral del encéfalo, que es donde se segrega la dopamina. Pero hubo un descubrimiento más sorprendente: había actividad en una parte completamente distinta del cerebro, una de las más primitivas, el núcleo caudado.”

“Es donde muchas de nuestras experiencias pasadas y del entorno presente se combinan con la dopamina, para producir una experiencia.”

“Es el mecanismo que se activa cuando queremos algo, cuando lo deseamos con todas nuestras fuerzas o le prestamos a algo una atención especial.”

La diferencia entre el deseo y el amor se localiza justo en el cerebro. El deseo sexual es un subidón para quienes buscan emociones fuertes, pero es pasajero. El enamoramiento es la recompensa para quienes lo que persiguen incesantemente es estar con el ser amado.

“Uno puede sentir atracción sexual por una persona sin estar enamorado de ella o estar enamorado sin haberse acostado nunca con esa persona; son mecanismos cerebrales distintos.”

Este instinto evolutivo de buscar una pareja y permanecer junto a ella es poco frecuente en el reino animal. Sólo está presente en un 3% de los mamíferos.

“¿Por qué establecemos vínculos de pareja? En todo el mundo, las mujeres y los hombres se emparejan para criar a sus hijos y eso es muy poco común en el resto de los mamíferos.”

Fisher cree que la raíz del amor puede estar vinculada a otro de los rasgos que nos diferencian de los primates: la bipedestación.

“Cuando las mujeres empezaron a caminar sobre dos extremidades, tuvieron que llevar a los hijos en los brazos, en lugar de en la espalda; es difícil imaginarse que una mujer pudiera llevar 9 kilos en cada brazo y, además, ser capaz de defenderse. Ahí surge la necesidad de encontrar una pareja que le ayude a criar a los hijos. Ese vínculo pasó a ser fundamental para las mujeres y conveniente para los hombres. Se desarrolló ese mecanismo cerebral asociado al enamoramiento que nos impulsa a formar una pareja.”

La lujuria, el amor y el deseo forman parte de la montaña rusa de emociones provocadas por la acción de varias sustancias químicas en el cerebro. Pero aún nos quedan otras emociones que repasar. Gracias a un sorprendente descubrimiento científico, ahora sabemos que la química, además de unirnos, puede separarnos.

¿Estamos programados biológicamente para emparejarnos de por vida? La mayoría de las culturas y las religiones nos instan a hacerlo. ¿Pero es también un impulso evolutivo?

“Los seres humanos pueden desarrollar varias estrategias de apareamiento. No tenemos un instinto de apareamiento que nos haga tener estrictamente una pareja; los seres humanos optan por la monogamia. Un hombre y una mujer se emparejan y deciden quedarse con esa persona para siempre. Pero también pueden elegir otra estrategia más parecida a la de otros mamíferos que los psicólogos evolutivos llamamos “estrategia no restrictiva”, en la que las personas no se comprometen con otras y tienen varios compañeros sexuales.”

Durante mucho tiempo se ha pensado que los hombres eran el sexo más promiscuo, los que iban “de flor en flor”, porque, al fin y al cabo, su participación en la procreación se puede limitar a una noche de sexo. Pero hay investigaciones recientes que demuestran que las mujeres también pueden querer variar, aunque actúen de una forma más sutil. Se ha comprobado que las mujeres suelen preferir a hombres con rostros masculinos… bueno, eso ocurre sólo a veces; depende de lo cerca que estén de la ovulación.

Las mujeres prefieren al más masculino cuando están ovulando y al más femenino, cuando no. Es fácil explicar la preferencia por los rasgos masculinos en el período más fértil, pero la otra pieza del puzle es más difícil de entender. Esa preferencia no es exclusiva de las mujeres solteras; también las casadas pueden tener una motivación biológica para ser promiscuas.

“Una mujer puede optar por elegir a un hombre como pareja a largo plazo, porque reúna una serie de características que le hagan ser un buen padre: bueno, cariñoso, dispuesto a mantenerla a ella y a sus hijos, etc. Pero, en ciertas circunstancias también podría serle infiel, con el objetivo de acceder a esos rasgos atractivos, indicativos de que un hombre tiene buenos genes que podrían heredar los hijos de ambos.

¿Qué circunstancias tendrían que darse? En primer lugar, que la pareja a largo plazo no posea esos rasgos y, en segundo lugar, que la mujer se encuentre en un breve período fértil del ciclo reproductivo en el que puede quedarse embarazada; no tendría sentido que la mujer fuese infiel en un momento en el que no tiene posibilidades de concebir un hijo.”

En Viena, el equipo de Karl Grammer ha hecho un descubrimiento científico importante en relación con la infidelidad. Las investigaciones demostraron que el hecho de que las mujeres muestren parte de su cuerpo y acentúen sus movimientos hace que los niveles de testosterona de los hombres aumenten. Grammer quería comprobar si las mujeres despliegan sus armas de mujer más exageradamente cuando están ovulando, así que montó un laboratorio móvil en una discoteca de Viena.

Cada una de las mujeres que participaba dio una muestra de saliva para comprobar en qué momento del ciclo menstrual estaba y les dijo a los investigadores si tenía pareja estable o no. A continuación, las grabaron bailando. También se registró cuánta piel enseñaba.

“Utilizamos un programa informático en el que marcamos primero toda la silueta de la mujer. A continuación, nos dice cuántos píxeles tiene; en esta, hay 40.000. Después marcamos sólo la piel y el programa calcula el porcentaje de piel que enseñan. Tenemos 11.000 píxeles, un 25%, que se puede considerar que es bastante para una noche fría de otoño. También utilizamos la grabación para identificar en qué parte se ha producido más movimiento. Los segmentos de colores indican que ahí hay movimiento y en qué cantidad y en qué dirección se produce.”

Al comparar la información sobre el movimiento de las mujeres al bailar y el porcentaje de piel que enseñaban, con la información que dieron en los cuestionarios, llegaron a una conclusión sorprendente.

“El resultado de la investigación nos dejó asombrados. Las mujeres que tenían una pareja estable y habían salido con amigos y sin su pareja eran las que mandaban las señales más sexuales y las que más piel mostraban y se movían más exageradamente.”

Las mujeres que estaban ovulando eran las que más coqueteaban y, si además tenían pareja estable y estaban en ese período del ciclo, lo hacían aún más.

“Las mujeres fomentan la competencia porque salen en los días fértiles, dejando a la pareja en casa y mandan señales sexuales, siguiendo el instinto de aparearse con otros hombres.”

“La infidelidad no es exclusiva de los hombres; en las mujeres también hay comportamientos motivados por razones evolutivas que las pueden empujar a serlo.”

Helen Fisher ha estudiado a parejas de todo el mundo para ver cuánto tiempo han estado juntas. Ha observado que a los 4 años de relación, el número de rupturas se dispara.

“He estudiado los divorcios en 58 sociedades; el adulterio, en 42; y las relaciones de pareja en culturas de todo el mundo. Y por lo que he observado, diría que hemos desarrollado una estrategia de reproducción con una doble vertiente. Tenemos el impulso de acostarnos con alguien, enamorarnos, formar una pareja y criar a los hijos juntos, por un lado; y por el otro, también tenemos la tendencia de separarnos.”

¿Nos ha programado la evolución para que el amor dure lo que se tarda en criar a un hijo, hasta que uno de los dos progenitores pueda encargarse solo? ¿Tiene el amor para toda la vida una función biológica?

Si hombres y mujeres estamos hechos para acabar separándonos, ¿significa eso que no hay esperanza para el amor? La biología y la evolución así parecen afirmarlo, pero estamos rodeados de parejas que ilustran lo contrario y muchas son muy felices.

“El amor significa muchas cosas distintas para tantas personas diferentes. Tiene un aspecto espiritual que nos resulta muy emocionante; también los recuerdos son emocionantes. Y ver crecer a los hijos juntos.”

Una noche de pasión es suficiente para transmitir nuestros genes a la siguiente generación, pero los seres humanos son una de las pocas excepciones en el reino animal que forman vínculos de por vida.

“La reproducción humana no se limita al sexo; elegir una pareja forma parte del proceso y conservarla. Luego hay que construir un nido con esa persona y criar a los hijos juntos. Los seres humanos establecemos acuerdos de cooperación con los demás.”

Si la química del amor y la pasión sólo nos mantienen juntos como pareja durante unos cuantos años, ¿por qué algunas parejas sobreviven más de una década, tiempo suficiente para que los hijos crezcan e incluso prosperen de forma independiente? La respuesta la tiene otro animal monógamo. El 90% de los ratones de la pradera pasan toda su vida con una misma pareja. Cuando se estudiaron los cerebros de los machos monógamos, se descubrió que tenían una concentración muy elevada de una hormona llamada vasopresina, pero cuando escanearon los cerebros de los machos que eran promiscuos, observaron que la concentración de vasopresina era mucho menor. ¿Hay también una hormona de la monogamia en el caso de los hombres? Al parecer, sí.

“Ya sabíamos de la importancia de la vasopresina en la función renal y en la retención de líquidos y para nosotros ha sido sorprendente descubrir que interviene en la elección de pareja y las relaciones sociales.”

Al parecer, las mujeres monógamas también presentan concentraciones elevadas de una hormona muy similar a la vasopresina: la oxitocina.

Helen Fisher y Lucy Brown llevan una década estudiando a miles de personas que se han visto atraídas sexualmente por otras o que se habían enamorado hacía relativamente poco tiempo. Su último experimento analiza a quienes llevan más de 10 años enamorados. Han hecho resonancias magnéticas de los cerebros de los participantes para ver si muestran una actividad parecida a los de los que llevan poco tiempo enamoradas. ¿Qué le ocurre a la química del amor? ¿Dura, desaparece o cambia?

“Hemos desarrollado varios mecanismos cerebrales para el amor: uno, para el apetito sexual, que está asociado a la testosterona, tanto en hombres, como en mujeres; otro, para el amor romántico que nos provoca una sensación de euforia y nos hace pensar en esa persona constantemente; y el tercero está asociado a esa sensación de seguridad que nos da una pareja estable.”

Peter Coves lleva 24 años casado con su esposa Lee; tienen dos hijos y llevan una pequeña empresa en Manhattan. Son la encarnación del amor y la felicidad.

“- Mi amor por Lee es ahora mucho más profundo y fuerte que cuando explotó por primera vez. Y uso esa palabra a conciencia porque aquello fue una auténtica explosión, que es la que ha alimentado el amor que ha ido evolucionando a lo largo de los años.”

Peter ha aceptado poner a prueba su amor en el estudio de Helen Fisher, que va a comprobar si su cerebro sigue respondiendo a la excitación amorosa tras 2 décadas de matrimonio.

“- Da un poco de miedo; pensemos en una pareja que vaya a casarse y esté claro que, con el tiempo, ambos o, al menos, uno de los dos no vaya seguir enamorado. ¿Qué haces? ¿Tendrían que separarse? ¿Podrían ir a un asesor matrimonial? ¿Cómo habría que enfrentarse a ello?”

“Primero va a ver la fotografía de Lee, su mujer, durante 30 segundos. Luego comienza una cuenta atrás desde un número alto, para que tenga tiempo de cambiar su pensamiento, de dejar de pensar en ella. Y después le enseñaremos una fotografía de un amigo.”

El escáner indica que hay actividad en el núcleo caudado de Peter, el área que se activa cuando las personas se enamoran. Pero también hay actividad en otra parte del cerebro.

“- Mira, ¿ves esto?
¿Este punto rojo de aquí?
– Sí, este es el área tegmental ventral del encéfalo.
Es una zona cercana al tronco encefálico donde se segrega la dopamina, que es la responsable de la sensación de alegría, euforia y de las ganas de estar con ella.
– ¿Es la misma área que se activa cuando te acabas de enamorar?
– Sí, exacto.
Y eso era justo lo que estábamos esperando encontrar: que tu cerebro tuviera actividad exactamente en la misma parte del encéfalo que se activa cuando uno se acaba de enamorar.”

Las parejas duraderas han hallado una forma de que sus centros de producción de dopamina y, por tanto, del deseo sexual, sigan activos.

“- Mira, ¿ves?
Cualquier tipo de novedad aumenta los niveles de dopamina.
– Nos aportamos muchas cosas: gente nueva, ideas… Al levantarnos por la mañana, siempre nos contamos que nos ha ocurrido tal cosa o tal otra y, además, trabajamos juntos; estamos constantemente alimentando la relación, creciendo y pidiéndole más al otro.”

“La novedad es que hemos descubierto que uno puede seguir enamorado de una pareja durante mucho tiempo y seguir apegado a esa persona, algo que la mayoría de la gente piensa que no existe. Uno puede mantener el amor romántico con toda intensidad y Peter es un fantástico ejemplo de eso.”

¿Es eso todo a lo que se reduce el atractivo sexual? ¿Un cóctel de hormonas en el cerebro, cuyas concentraciones suben y bajan a cada momento? ¿La pasión no es más que una búsqueda subconsciente de los genes que mejor inmunicen a nuestros hijos? ¿Tenemos alguna posibilidad de elegir a quién amamos?

A lo largo de millones de años de evolución, nuestros sentidos han aprendido a detectar el más mínimo signo indicativo del sex-appeal.

“Un hombre y una mujer se observan en un lugar lleno de gente; él capta en ella información sobre su edad, para saber si es joven o no, o por los adornos que lleva, por ejemplo. Para una mujer es igual: analiza los rasgos masculinos de su cara, la información sobre su posición social… Son datos que se combinan de forma compleja, pero que la psicología humana está preparada para extraer y, a partir de ellos, hacer deducciones sobre la idoneidad de esa persona como pareja.”

Nuestros cerebros nos impulsan a buscar una correspondencia genética perfecta; desciframos la información escondida en los rostros, los cuerpos, las voces… y los olores. Las sustancias químicas asociadas al deseo nos llevan al sexo y la lujuria puede conducirnos al amor.

El sex-appeal es una combinación de instintos primarios y genéticos y de sustancias químicas que nos orientan hacia las parejas más sanas. Pero para completar el ciclo evolutivo y criar a los hijos hasta que sean sexualmente maduros hace falta mucho más que un puñado de hormonas, algo genuinamente humano.

“El objetivo fundamental de la evolución sigue siendo el mismo: transmitir tus genes. Hay varias formas de conseguirlo en distintas etapas de la vida y para eso la mayor parte de las veces, uno debe tomar una decisión: elegir una pareja y seguir con ella, como hacemos la mayoría de nosotros.”

“La gente se pregunta si estamos controlados por cuestiones genéticas, si no somos más que hormonas con patas… nn absoluto. Lo seres humanos tomamos decisiones; por eso hemos desarrollado el cerebro así de grande. La gente decide no beber alcohol, no tomar drogas o no aficionarse al juego y también decide apostar por una relación.”

El cerebro humano, el principio y el fin el sex-appeal. Nos orienta para que elijamos a la pareja más adecuada, de forma subconsciente. Cuando nos enamoramos se inunda de hormonas y, con el paso de los años, va tomando decisiones conscientes, resolviendo discusiones, disculpándose y haciendo que sigamos juntos, para que nuestros hijos crezcan y puedan iniciar el ciclo evolutivo de nuevo.

“- Es una decisión, una persona tiene que decidir si quiere estar con otra y, una vez que lo decides, todo empieza a encajar y no das por hecho que el otro vaya a estar ahí siempre.
– El matrimonio es un viaje en el que hay que esforzarse. No es algo que funcione de la noche a la mañana; hay que trabajárselo.
– Es la familia que uno elige; es decir, uno no elige la familia en la que nace, pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos uno sí puede elegir con quién estar una vez que es adulto y formar una familia propia.”

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Publicado el 21/11/2013 en Docus. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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