Mantis

Mantis
Álvaro Mendoza Productions / New Atlantis
54 min
2002

Sobre las mantis religiosas se ha escrito y hablado extensamente desde que a finales del siglo XIX un entomólogo pionero, Fabre, las estudió con cierto rigor. Pero mucho de lo que hoy se dice de ellas no son más que malas interpretaciones de aquellos estudios o peor aún, exageraciones pseudocientíficas.

Cuando le preguntábamos a alguien qué sabía sobre las mantis, nos decía: la hembra se come al macho durante la cópula. Pues bien, les aseguro que si ven este programa hasta que termine, les espera un final típico de una historia de Agatha Christie.

Tan sólo en la Península Ibérica hay 17 especies distintas.

Al sentirse atacado, el pulgón pone en marcha un sistema de alarma químico, segregándolo mientras muere, para advertir al resto de sus compañeros de que algo malo sucede. El resto de la colonia transmite el mismo mensaje.

Los pulgones no son rápidos pero mientras se mueven segregan una sustancia pegajosa que resulta muy molesta, lo suficiente como para que su atacante se vea obligado a retirarse.

Después de sus primeras semanas de vida, dedicadas también a comer, nuestra cría muda su piel para aumentar de tamaño. Su color se ha hecho más verde, se adapta a la vegetación y el entorno para esconder mejor su presencia.

La evolución también se ha esforzado con los protagonistas de nuestra película. Los insectos que rezan se han extendido por casi toda la Tierra dando lugar a enormes variaciones morfológicas. Algunas especies son tan grandes que pueden cazar pájaros. Otras incluyen en su dieta pequeñas ranas y lagartijas.

Hay descritas cerca de 2.000 especies de mántidos. Las que habitan las regiones tropicales suelen vivir todo un año o más. Las que se distribuyen en zonas donde el otoño y el invierno son fríos, suelen nacer, procrear y morir en menos de 6 meses.

Las empusas, primas cercanas de las mantis, viven más de un año. Sus crías son capaces de hibernar. Esta especie tiene la apariencia del peor espectro imaginado por Tolkien en El Señor de los Anillos.

Esta es una empusa muy grande. Es hembra y está en época de reproducción. Esta pequeña mantis religiosa no debería estar tan cerca. Sus primeros movimientos se dirigen a destruir las armas de su presa; sabe quien es, dónde está el peligro. Incluso aplicó sus mandíbulas a las mandíbulas de su víctima en un grimoso beso mortal.

Dentro de 3 semanas nacerán las crías.

Las ootecas de otras especies, entre ellas la de mantis religiosa, han de esperar meses para abrirse. Mantienen la vida suspendida incluso a -20º C. durante el otoño y el invierno. Están preparadas para soportar el frío pero no los parásitos, porque varias especies de insectos ponen sus huevos dentro de los nidos de las mantis. Estas avispas ofrecen así a sus hijos abrigo e indefensas larvas de mantis con las que alimentarse.

Curiosamente sólo vimos nacer a un macho. Parecía ser el único encargado de fecundar a todas las hembras. Era el propietario de un gran harén. El sistema es perfecto; cada madre es fertilizada al nacer. Con eso se evitará buscar pareja el día de mañana. Las hembras sólo se concentrarán en comer, y al cabo de unos meses, en buscar otra espumosa ooteca para su descendencia. Los machos, como no valen para nada más, mueren poco después.

La ley de las mantis es que sus padres no conozcan a sus hijos.

Es la hora de la séptima muda, normalmente la última, la muda imaginal.

El grosor del abdomen es más grande en las hembras y las antenas son más largas y gruesas en los machos.

Las avispas adoran la carroña, aunque curiosamente no se alimentan de ella. La necesitan para sus larvas, que sí son carnívoras.

Muchas leyendas rodean a las mantis. Nuestra favorita es la que asegura que estos extraños insectos se ocupan de proteger a los niños perdidos guiándolos a un lugar seguro marcándoles con sus terribles manos el camino a seguir para volver a casa.

… La verde es de otra especie, iris oratoria, más pequeña, más débil, pero guarda un as bajo las alas. Su colorido imita los ojos de alguien mucho más grande.

Que sepamos sólo hay un motivo que desencadena el encuentro fatal entre dos mantis religiosas: la comida.

La oportunista había abrazado la presa de su compañera como indicando un acuerdo tácito. Iban a compartir mesa y mantel. Las únicas amenazas se producían cuando sus bocas se encontraban. Las mantis pueden estar dispuestas a compartir antes que a pelear.

Debido a la diferencia de tamaño, las hembras pueden ser depredadoras de machos cuando no están receptivas. Sin embargo ahora creemos que es algo muy poco común. Un macho sólo se acerca a una hembra cuando intenta conquistarla o cuando no ha detectado su presencia.

… Comenzamos a sospechar que en esto había más de leyenda que de verdad. Cuando leímos el libro original las piezas encajaron. Los estudios habían sido realizados con individuos en cautividad y, aunque esta es una fórmula de trabajo imprescindible para recopilar cierto tipo de datos, la manipulación humana puede alterar el comportamiento del animal.

Contrastamos nuestras observaciones con varios científicos. El Dr. Iglesias López había escrito su tesis doctoral sobre mantis religiosas. Después de su minuciosa investigación y del seguimiento, durante 3 temporadas, de 106 cópulas, sus conclusiones tampoco dejaban lugar a dudas: ninguna se había comido al macho durante el apareamiento.

¿Por qué los machos ponen tanto esmero en el cortejo de aproximación? Parece que tienen miedo de algo. ¿Miedo de no ser reconocidos?

La dama que conocíamos tan bien llevaba ya 2 días invitando a los machos a acercarse. No dejaba de emitir feromonas a los 4 vientos, buscando el que pasara por la zona recibiera el inequívoco mensaje: “esta hembra desea que te acerques. ¡Ven!”.

Las hembras tampoco atacan a sus conquistas durante el cortejo prenupcial. ¿No será todo una simple cuestión de hambre?

Para confundirnos aún más, 2 machos aterrizaron mientras se producía esta cópula. Los 2 esperaron 5 horas hasta que el apareamiento terminó. Después, por turno, probarían su suerte. Pero la cansada consorte no estaba ya receptiva. Aún así no se mostró violenta.

El segundo macho debía creerse más atractivo que el primero, pero desgraciadamente para él, ahora eso no influía en absoluto. Ella ya estaba fecundada. No quedaba ninguna posibilidad.

La abundancia de machos tampoco parece relacionada con el canibalismo sexual.

Con la intención de obtener más datos, decidimos estudiar también la ameles decolor, de la que según se dice no desarrolla conductas caníbales. El macho de ameles no exterioriza ningún temor cuando busca compañera. De hecho no despliega ningún cortejo aparente previo a la cópula. Es más, acecha, persigue y se abalanza sobre la hembra como si de una caza se tratara.

Ella intenta quitarse al atrevido, que una vez encima de su conquista no se rendirá y se aparea. Eso sí, durante un periodo mucho menos heroico que el de su pariente la religiosa: 15 ó 20 minutos.

Pero antes de cumplirse el tiempo, un inoportuno aterrizó sobre los amantes con aviesas intenciones. Con un golpe bien estudiado asustó a su competidor, al que se le quitaron las ganas de continuar con la labor amatoria.

Lo que sucedió entonces nos dejó estupefactos. El astuto macho aferró sus garfios alrededor del conducto vaginal de la hembra. Parecía estrujarlo como exprimiendo algo. Creemos que intentaba destruir el paquete de esperma del macho anterior. De esta forma, se aseguraría de que los genes que llevara su futura descendencia fueran suyos, solamente suyos.

Cada observación nos confirmaba que estos animales no son sexualmente caníbales. Para nosotros era un hecho indiscutible.

Después de cada cópula los machos buscan nuevas conquistas. Las hembras, en cambio, han de hacer la puesta de huevos.

… fue poniendo ordenadamente cada uno de sus 200 huevos dentro de la masa de alúmina y aire.

Pues bien, cuando acababa el tercer verano de nuestra investigación, en uno de los últimos días de grabación, cuando ya creíamos saberlo todo sobre las mantis, nos ocurrió esto…

Todas nuestras tesis se hicieron pedazos. De forma inesperada una hembra nos había mostrado al fin el instinto que creíamos producto tan sólo de la leyenda. Después de tanto tiempo y esfuerzo dedicados a conocer a un animal, no entendíamos nada.

La hembra le había inmovilizado y luego colocado en posición de apareamiento. Él no oponía resistencia. No intentó defenderse ni cuando le trituraban las mandíbulas. Sólo la golpeaba frenéticamente con sus antenas…

Los siguientes 40 minutos fueron terribles. Ni parpadeaba. ¿No era consciente del dolor? ¿A qué obedecía que siguiese enlazado y fecundando a su pareja?

Mientras acababa de engullir los últimos pedazos de su amante, lo único claro era que nuestro trabajo no había terminado. Quizá no terminaría nunca.

¿Y si todo había sido causado por culpa de la propia investigación? El hecho de estudiar la naturaleza implica una manipulación. Nuestra sola presencia es un factor no natural. Pero entonces, ¿cómo acercarnos a los seres vivos? ¿Cómo satisfacer nuestra curiosidad? ¿Cómo aprender?

Queríamos haber contribuido a desmentir algunos mitos que circulan alrededor del reino animal. Aunque puede que nos ocurra como a Fabre a finales del siglo XIX, y que queramos observar lo que no es.

El comportamiento de los insectos no resulta fácil de entender. Quizás por lo lejos que estamos de ellos en términos genéticos. A veces juzgamos cruel o despiadado lo que observamos cuando nos sumergimos en los detalles de la vida salvaje, y hace falta un prisma especial para comprender, sin sentimentalismos, que las terribles protagonistas de nuestra historia tienen que actuar así para poder sobrevivir.

Hemos mostrado una realidad, seguramente incompleta, y existente millones de seres vivos aún por catalogar y estudiar.

Qué descubrimientos podamos hacer y lo que aprendamos de ellos dependerá tan sólo de que no perdamos la exclusiva capacidad humana de maravillarnos ante la naturaleza.

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Publicado el 31/10/2013 en Docus. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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