El cerebro inconsciente. Poder

El cerebro inconsciente. Poder
F. D’Amicia, P. Hôfer, F. Rôckenhaus / Canal Odisea
52 min
2011

Es posible que les suene esta escena: es la mañana siguiente, y en los cerebros humanos, los circuitos inconscientes zumban y buscan respuestas. Como ninguna otra esfera de la vida, el amor nos deja a merced de nuestro cerebro automático.

Su instinto le dice ¡Ay va!, pero no tiene idea de por qué, y seguro que no sabe exactamente quien es la persona junto a la que ha despertado.

“Las decisiones que tomamos no se basan en pensamientos conscientes. Las decisiones verdaderamente importantes, como por ejemplo ¿me conviene estar con esta mujer? Y escribes las razones por las que deberías estar con ella y escribes las razones por las que no deberías estar con ella, y la lista es muy larga. Y claro está, eliges estar con ella. Y, ¿quién manda en esto? Yo afirmo que es la mente inconsciente.

La consciencia es casi como un pensamiento a posteriori. Algunos hasta arguyen que no existe. Es como un ejercicio de relaciones públicas del cerebro que te hace creer que estás involucrado.”

Costa occidental de Irlanda. Un día de trabajo como otra cualquiera para Mickey Smith, fotógrafo de surf. Ningún ordenador del mundo dominará jamás su oficio, porque el centro de trabajo de Mickey cambia constantemente. Las mareas alta y baja modifican su mundo en un bucle infinito y cada ola rompe de un modo ligeramente distinto al de la anterior. Lo que mantiene a Mickey a flote es un maravilloso truco de nuestra mente que los científicos tan sólo comienzan a entender: la intuición humana.

Como los surferos a los que graba, Mickey no piensa cuando se ve cercado por toneladas de agua y olas rompientes. El cerebro de Mickey pone en marcha tareas increíblemente rápidas, calculando inconscientemente qué ocurrirá después y cómo deben reaccionar sus músculos.

Sin que él lo sepa, la mente de Mickey ha comprimido todas y cada una de las olas de su vida en una gigantesca base de datos. A estas alturas ya tiene un sentimiento para cada ola.

“Un surfista anticipa cómo va a ser la próxima ola y cómo debe adaptarse. En el modo consciente jamás seríamos capaces de lidiar con un entorno tan complicado y tan sumamente impredecible. Nos abrumaría totalmente.”

Matthias Brand, profesor de la Universidad de Duisburg-Essen, estudia los mensajes secretos de la mente inconsciente que guía nuestras decisiones. En la tarea del juego de hoy los sujetos seleccionan las cartas de 4 mazos. Entretanto se controla la transpiración de su piel, midiendo incluso las más mínimas reacciones ante el estrés, más o menos como un detector de mentiras.

Hay mazos buenos que proporcionan regularmente pequeñas ganancias de dinero y mazos malos que conllevan pérdidas.

Sin prisa, pero sin pausa, los sujetos desarrollan una preferencia por los mazos buenos, pero sólo tras más de 80 bazas pueden explicar el porqué. Aún así, su cerebro lo sabe mucho antes. Al cabo de tan sólo 10 cartas, Brand ya está midiendo reacciones al estrés que preceden a cada elección de un mazo malo.

“Antes de que la mente consciente intervenga, incluso antes de tener una vaga idea de lo que nos conviene, ya podemos detectar señales corporales que nos advierten contra decisiones adversas. Esas señales corporales no las origina un auténtico malestar corporal, sino que deben rastrearse hasta la excitación del cerebro. Ese es el modo en que el cerebro puede guiarnos en la toma de decisiones.”

“Nos sentimos insultados por ser marionetas en manos de nuestro inconsciente, que decide cuando llega al fin el momento de hacer otra cosa o de tener pensamientos diferentes. Hasta los nuevos pensamientos conscientes nos los trae nuestro subconsciente.”

Ninguno de nosotros sabe por qué hacemos lo que hacemos. Tanto si el cerebro evoca recuerdos de la infancia o anuncios de suavizante.

Yendo en contra de nuestra mente inconsciente, la razón consciente saca a menudo la pajita más corta. Pensar conscientemente constriñe nuestro cerebro, por eso se limita a unos cuantos centros de computación del córtex cerebral, la capa de 1 mm que cubre el cerebro como un gorro de ducha arrugado.

Nuestra inteligencia consciente se encuentra sobretodo confinada en la parte frontal de ese gorro y se ve fácilmente abrumada con tan sólo un pensamiento de 5 unidades de información simultáneas. Nuestra razón consciente está situada más o menos sobre los ojos, en el córtex orbitofrontal, pero nunca nos hace tomar decisiones en solitario, ya que bajo el córtex opera un tipo diferente de razón: la basada en nuestras experiencias archivadas en el hipocampo.

Conscientemente podemos rememorar fragmentos de nuestras batallas de almohadas de la infancia, la dicha de un amor o un atragantamiento, pero los recuerdos inconscientes determinan lo que hacemos.

Los circuitos clave: la amígdala, los centros del miedo y el pánico, y sus opuestos, los centros del placer y la recompensa, ambos desafiando al control consciente. Estos agentes secretos de nuestra mente estudian el mundo exterior antes de que seamos conscientes de él y sus informes son eficazmente condensados como sentimientos.

El córtex cerebral recibe estos mensajes, aunque no pueda rastrearlos. Nuestro consciente parece programado para negar las influencias del inconsciente. Lo que hace es inventar buenas razones para que sintamos debilidad por las batallas de almohadas.

“No es que con la consciencia el antiguo cerebro desapareciera. Se añadió la consciencia y tuvo que aprender a colaborar con el cerebro inconsciente preexistente, y claro está, así es como funciona la selección natural. Es gradual, avanza a pasos cortos, no es tremendo, espectacular, de repente tienes instalado un nuevo cerebro, así que lo antiguo continua y, aunque pueda parecer anacrónico o algo por el estilo, sigue ahí y sigue influyéndonos muchísimo.”

“¿Cuál es la velocidad mínima a la que el cerebro puede tomar decisiones de calidad, es decir, que en resumidas cuentas no sean aleatorias? Pues tenemos que poner el límite entorno a los 240 milisegundos. Bueno, esto es muy muy rápido. En muchos casos, cuando de verdad te lo estás pensando, ya has tomado una decisión sobre lo que es bueno o malo.”

Los pilotos de la fuerza aérea del escuadrón Richthofen se entrenan sobre el Mar del Norte, frente a la costa alemana. Cuando los Phantom F4 vuelan al doble de la velocidad del sonido, los pilotos sufren una presión contra el asiento de hasta 9 veces la fuerza de la gravedad. Aquí arriba necesitas unas antenas especialmente bien sintonizadas para cualquier mensaje que te envíe tu mente inconsciente.

“La decisión más difícil siempre es ¿qué es exactamente capaz de hacer todavía el avión en este preciso momento? ¿Cuánta libertad de movimiento queda? En un combate aéreo necesito juzgar instantáneamente. ¿Aún puedo tratar de derribar el avión enemigo? ¿O lo inteligente es eludir este combate? Como piloto de reactor tienes que tomar esas decisiones instantáneamente. ¿Puedo aventurarme a hacer esto o me mantengo alejado? Ése ese siempre el momento decisivo.”

Simulador de vuelo de la base aérea de Richmond. Incluso los pilotos experimentados se adiestran regularmente aquí. Lo que llamamos intuición no surge de la nada; se basa en la experiencia y en las repeticiones infinitas.

Con cuanta más frecuencia pasen por los complejos procedimientos un piloto y su oficial de armas, menos se excitan sus cerebros. Los expertos requieren tan sólo una fracción de la energía desperdiciada por los cerebros de los novatos, porque ya no tienen que reflexionar sobre todo cuanto hacen. En situaciones críticas los pilotos conservan reservas cruciales para atender a pequeños detalles que pueden convertirse en cuestiones de vida o muerte.

“Hay muchos procesos en el cerebro que actúan increíblemente deprisa y no tienes esa especie de ilusión de control, ya que son demasiado rápidos, que incluyen un montón de computaciones de gran calidad. Sería el modo de resolver las cosas si tuvieras tiempo para pensar. Así sólo porque sea rápido no significa que sea irracional e irreflexivo ni nada de eso.

En el interminable flujo de datos que nos bombardean, nuestro cerebro sobresale en todos los niveles y falla en todos los niveles. Los errores inconscientes, sin embargo, son difíciles de detectar, ya que esos errores nos influyen sin que seamos conscientes de ellos. El cerebro está programado para crear conexiones significativas, aunque no haya ninguna. Por eso entiende este programa. Su mente concluye que nuestros protagonistas se han levantado de la cama, pero en la vida real no tiene ni idea de cómo su cerebro le engaña.

Diga los 3 últimos dígitos de su número de teléfono.

¿Cuándo nació Gengis Khan?

A. 78 B. 843
C. 1162 D. 1354

¿Ha escogido el 843? Entonces su cerebro le ha asignado un número de 3 dígitos sólo porque tenía en mente los 3 dígitos de su número de teléfono.

Los expertos llaman a este efecto imprimación, y constantemente somos víctimas de él. Nos enamoramos de personas tras compartir una experiencia emocionante o peligrosa, gastamos más dinero en una subasta tras contemplar aleatoriamente cifras altas y ni bajo la ducha estamos a salvo de la imprimación.

“Descubrimos que cuanto más solitaria es una persona, con más frecuencia se ducha o se baña, más caliente le gusta que esté el agua y más tiempo pasa bajo el agua. Pues eso nos dice que esa persona solitaria reemplaza o sustituye el calor social que le falta en su vida, que la convierte en solitaria con el calor físico. Y seguro que no es sólo el baño; pueden ser los fuegos y las chimeneas. Puede haber otras cosas, como quizá una bebida caliente.”

En Yale, John Bargh ha rastreado el temible poder del inconsciente. Demostró, por ejemplo, que nos desinhibimos fácilmente con una persona recién conocida si estamos tomando una bebida caliente, pero tendemos a ser más reservados si la bebida está fría.

John Bargh es el experto mundial indiscutible en imprimación, y aún así no es inmune al efecto.

En un mundo complejo suele ser lógico que nuestro entorno y nuestro pasado inmediato nos influyan en lo que hacemos, pero Bargh llegó a resultados asombrosos. Tras una prueba de lenguaje con palabras como arrugas, gris o audífono, hasta los jóvenes estudiantes de Yale caminaban más lentamente hacia el ascensor.

“La gente se sentaba en sillas duras o en sillas blandas y entonces negociaban, y la gente sentada en sillas duras adoptaba una postura más dura y no se comprometía tanto en sus negociaciones. La gente en sillas blandas tenía una actitud más suave, se comprometía más. La gente que sostenía una carpeta más pesada pensaba que la persona a la que evaluaba era más seria en su trabajo y mejor candidata al empleo.”

El fotógrafo de surf Mickey Smith debe su afición a la naturaleza también a su mente inconsciente. ¿Pero por qué precisamente los delfines nos provocan un aluvión de endorfinas? Nadie lo sabe. Ni por qué los surfistas tienen un subidón de adrenalina gracias a su mágico viaje por el tubo. En las altas olas de la costa irlandesa todo encaja. La luz del pensamiento consciente es sólo un pequeño túnel en medio de un infinito oleaje de nuestra mente. Y nuestra razón tiene poca influencia en lo que somos o lo que hacemos.

“La intuición generalmente se refiere a nuestras corazonadas. Generalmente se refiere… es intuición, así que sentimos que algo está bien o algo está mal, y esos sentimientos objetivos son enormemente importantes, son unas señales que el cerebro nos da sobre si es seguro hacer algo o el mejor modo de hacer algo, o el modo erróneo.”

“El cerebro trata constantemente de automatizar, ya que es más eficaz y más rápido y más preciso, menos propenso a los accidentes en modo automático. Y ese es también el caso aún con las emociones más nobles. Hasta las emociones más preciosas son automáticas.”

Tanto si nos enamoramos como si jugamos al baloncesto, siempre aprendemos de la experiencia. Si tuviéramos que coordinar conscientemente todos los movimientos, dejaríamos de funcionar rápidamente, porque pensar con ahínco hace que el cerebro queme tanta energía como los músculos.

El lóbulo parietal posterior calcula febrilmente las trayectorias del balón y de todos los jugadores, y la mente racional del prosencéfalo planifica conscientemente todos los movimientos, enviando una larga cadena de comandos a través de las áreas motoras primarias: el cerebelo, el tronco cerebral y la médula espinal, hasta las fibras musculares implicadas.

El control consciente es cansado y dado a sufrir accidentes ya que nos ralentiza. Cuando el cerebro actúa sin nosotros, el rendimiento máximo se convierte en un juego de niños, y hasta ahora ningún ordenador puede atrapar balones.

Si hacemos algo de memoria, los comandos conscientes se ven marginados y los cuerpos estriados y los ganglios basales se hacen cargo. Lanzamos y recogemos balones fácilmente y no pensamos en ello. ¿O sabe exactamente qué hacen sus dedos cuando atrapan una pelota? ¿O qué hace cada músculo de su cuerpo cuando esquiva un puñetazo? Pues más le vale no ponerse a pensar en ello, porque su cerebro podría contradecirse a sí mismo.

Mientras los cuerpos estriados disparan sus comandos automáticos a los centros motores, al prosencéfalo se le pueden ocurrir ideas diferentes. Sus centros motores se quedan perplejos. Se ralentiza o comete errores.

Funcionar en piloto automático suele significar funcionar eficazmente, pero también recorrer caminos trillados. Adaptarse a cambios repentinos es lo último para nuestra mente.

15 de enero de 2009. El vuelo de US Airways 1549 acaba con un aterrizaje forzoso sobre el río Hudson. Después de perder ambos motores, Chesley Sullenberger, expiloto de combate, decide optar por el aterrizaje de emergencia, despreciando unos protocolos que le harían perder tiempo. Su intuición salvó la vida de los 150 pasajeros.

El 16 de julio de 1969 todo el mundo estaba embelesado viendo una de las mayores aventuras de la humanidad: el inicio de la primera misión tripulada a la luna, el Apollo 11. Pero habría fallado sin la intuición del comandante Neil Armstrong. El ordenador de abordo estuvo a punto de alunizar el módulo lunar en un abrupto cráter, pero Armstrong, también expiloto de combate, decidió pasar a control manual. Sin la intuición de Armstrong, el módulo lunar Águila seguramente no habría podido regresar al módulo de mando en órbita.

La línea entre la intuición y el fracaso puede ser increíblemente fina.

“La creatividad es un acto de rebelión por definición. Hay que ser completamente subversivo para infringir las normas y enfrentarse al pensamiento convencional, ¿verdad? Porque, por definición es eso. Y si todo el mundo acepta lo que haces, obviamente no estás a la vanguardia. Haces algo que es conforme al modelo. O sea, para mí, si todo el mundo acepta lo que hago es que me he equivocado. Ya puesto me podría ir a la playa.”

Sidney, Australia. Hogar adoptivo del neurobiólogo estadounidense Allan Snyder. Si conoce la ciudad, estas fotos provocarán toda una cadena de asociaciones en su mente. No ve las meras imágenes aéreas; ve lo que conoce. Y aunque nunca haya estado en Sidney, quizás esté pensado en Cocodrilo Dundee, los Juegos Olímpicos o la Opera House.

Allan Snyder es un experto en toda clase de expectativas de nuestra mente. Él las llama actitudes, rutinas del pensamiento inconsciente. Y Allan Snyder está tratando de desactivarlas.

En su laboratorio, Snyder hace que sus sujetos se devanen los sesos con ecuaciones hechas con cerillas. Cuando su colega Richard Chi ha preparado una ecuación, los sujetos sólo pueden mover una cerilla para enmendarla. Cada sujeto debe resolver 27 ecuaciones, y excepto la última, todas las soluciones siguen el mismo principio.

Al principio India tarda un poco más en hallar la solución, pero su cerebro ya está buscando un patrón. Pronto comprenderá que siempre debe transformar un número romano 10 (X) en un 5 (V) o viceversa. Tras haberse aprendido el truco, India fallará en la última ronda. Para resolver este enigma necesita una solución diferente. Pero India ya está ciega para las nuevas ideas.

Snyder cree que ser expertos también nos impide ser creativos, pero ha descubierto un modo de deshacer el proceso.

“Vamos a incrementar la creatividad no excitando una parte del cerebro, sino desconectando una parte de él.”

La cabeza de India es medida y tratada con impulsos eléctricos durante 5 minutos. Los impulsos deben desconectar una zona concreta del lóbulo temporal izquierdo, al tiempo que estimula el lóbulo derecho. Si todo va bien, India podrá resolver la ecuación después.

Al cabo de tan sólo 5 minutos todos los sujetos eran considerablemente más creativos.

“La idea de un mecanismo artificial, ya sea farmacológico o electromagnético o lo que sea. Sí, creo que es algo que tendremos dentro de 20 años. Creo que es muy concebible. La capacidad de contemplar el mundo como si fuera nuevo, una herramienta maravillosa, no sólo para los avances científicos, no sólo para crear poesía, sino también para eliminar todo tipo de prejuicios que se puedan imaginar. Ver algo del modo en que realmente es.”

Los sistemas de filtrado inconsciente nos guían a través del caos de la vida cotidiana como un sistema de navegación interno. Sólo en un caso específico, nuestra mente hace casi cualquier cosa por evitar que veamos a los demás como realmente son: cuando nos enamoramos.

Desde el punto de vista científico, enamorarse es una reacción ante el estrés. El botón del pánico, la amígdala, se activa tal y como lo haría y nos haría actuar en caso de peligro. Ser alertado de ese modo desencadena el entusiasmo que sentimos cuando nos enamoramos. Al mismo tiempo, el modo de pánico digamos que nos ciega, haciendo que no nos fijemos con tanta atención en nuestra pareja.

A la vez, los centros de la recompensa intervienen: las endorfinas, opiáceos producidos por el hipotálamo del cerebro nos ponen eufóricos. Lo mismo hace la serotonina, que nos pone de buen humor. Este cóctel de felicidad actúa como una droga en el núcleo accumbens, el interruptor del cerebro que anticipa las recompensas.

Experimentamos la ausencia del otro como un síndrome de abstinencia, pues para nuestro cerebro el amor es una adicción. De modo que pasamos por alto generosamente que el amor de nuestra vida no nos pase un panecillo.

Mientras nuestro córtex cerebral, y por ende a nuestra consciencia, nada en hormonas de la felicidad, el hipotálamo inicia la producción de cortisona, una hormona del estrés que reduce nuestro campo visual cuando estamos en peligro o enamorados.

Al comienzo de una relación es muy fácil que se aprovechen de nosotros. Desde el punto de vista neurobiológico somos adictos, ciegos, y estamos estresados, y nos volvemos más y más parecidos gracias a la hormona sexual masculina, la testosterona. Sorprendentemente el hipotálamo y la glándula pituitaria reducen su producción en los hombres enamorados, mientras que las mujeres enamoradas producen más. Así, la droga del amor sigue teniendo efecto durante semanas o incluso meses. Apenas si podemos quitarle las manos de encima al otro. Esta es la fase en la que es más probable tener descendencia, si el cerebro humano no hubiera inventado los anticonceptivos.

Después de entre 6 y 9 meses el éxtasis al fin comienza a decaer, pero si todo va bien, para entonces ya nos hace efecto la oxitocina, una hormona que te une a tu pareja producida por la pituitaria durante el orgasmo. Las mujeres también la producen durante la lactancia. La oxitocina no produce estrés sino un nexo, haciendo que nos comprometamos a largo plazo, ya que nuestra mente inconsciente quiere que cuidemos bien de nuestra progenie, aunque conscientemente neguemos tal idea.

“Puedes entrar en una habitación y encontrar a alguien sumamente atractivo sexualmente e irte a la cama con él, y claro está, mientras realizas el acto sexual con alguien, aumentas el nivel de dopamina en el cerebro y luego, tras el orgasmo, hay una subida de norepinefrina muy emparentada con la dopamina, y esos dos compuestos químicos hacerte superar el umbral y enamorarte locamente de esa persona con la que te has acostado fortuitamente. Así que la has encontrado sexualmente atractiva y luego el cerebro ha disparado ese sentimiento de amor romántico hacia la persona.”

Helen Fischer estudia los cerebros enamorados utilizando la tomografía computerizada. La profesora de antropología vive en Nueva York, pero aún en esta moderna metrópolis, la gente se guía por una circuitería prehistórica completamente inconsciente.

Los bailarines Rob y Sara son pareja desde hace más de un año. La investigadora puede darles esperanzas; aún tras 20 años de rutina en su relación, Helen Fisher encuentra la misma actividad en los centros de recompensa de las parejas felices.

Pero, ¿por qué nos enamoramos de ciertas personas y no de otras?

En busca de una respuesta, Helen Fisher entrevistó a 28.000 personas. Está segura: hay 4 arquetipos de cerebro determinados por el nivel de hormonas.

Exploradores, alimentados por la dopamina y los constructores, impelidos por la serotonina se enamoran de parejas del mismo tipo.

Los directores, alimentados por la testosterona, en cambio, se enamoran de los negociadores, a los que mueven los estrógenos.

Pero no somos conscientes de nada de esto.

“Llevas en tu cerebro todo tipo de mecanismos inconscientes que te impelen naturalmente a valorar ciertas personas más que a otras. Ya sólo la ropa que llevan te va a señalar su trasfondo, su vocación. El modo en que se mueve su cuerpo te va a señalar cuanta energía tienen. Ya sólo la forma de mover el rostro, incluso la forma de este, indica el nivel de testosterona que tienen, el nivel de estrógenos que tienen, y el cerebro calcula todas estas cosas inconscientemente.”

Nuestro cerebro toma las decisiones mucho antes que nosotros.

En Berlín, John-Dylan Haynes, ha demostrado que nuestro cerebro va varios segundos por delante de nosotros. Estudia la toma de decisiones del ser humano con imágenes de resonancia magnética. Las neuronas activas usan más oxígeno, así que la resonancia permite ver a los científicos qué zonas se activan y cuando.

Haynes pide a su sujeto que realice una tarea sencilla.

“Le pido que apriete espontáneamente el botón derecho o el izquierdo en el momento que usted quiera.”

En el laboratorio nuestras decisiones, y en última instancia nuestro libre albedrío, se ven reducidos a apretar un botón a fin de identificar los patrones de actividad del cerebro. Normalmente millones de neuronas se iluminan incluso para pensamientos sencillos, pero apretar un botón es una tarea muy fácil para provocar actividad cerebral. Y los resultados de todas las pruebas son asombrosos.

“Descubrimos que la actividad del cerebro indica qué opción va a tomar el sujeto hasta entre 7 y 10 segundos de la decisión consciente. Así que parece que el cerebro induce y programa la decisión, y en ese momento en el que tienes la sensación de estar decidiendo, la mayor parte de la decisión hace ya tiempo que se tomó.”

En nuestra vida diaria no nos damos cuenta de qué decide nuestro cerebro sin contar con nosotros. Nuestro consciente no puede rastrear la fuente de las influencias inconscientes; tan sólo puede aportar argumentos pensando.

Qué ropa nos ponemos, qué pareja elegimos… los circuitos inconscientes siempre han decidido ya antes de que nos pongamos a pensar.

¿Ha bostezado usted? El bostezo es contagioso. Es un reflejo inconsciente. Cuanto más susceptible sea, mayor es su empatía con los demás. Interpreta las emociones a través de todos los gestos y rostros.

“Hallamos actividad en una pequeña fábrica llamada núcleo accumbens, y esta zona concreta del cerebro está unida a la adicción intensa. Y siempre he sostenido que el amor romántico era una adicción, una adicción perfectamente maravillosa cuando va bien, y una adicción perfectamente horrible cuando va mal.”

Hasta cuando discutimos con la persona a la que amamos, la circuitería inconsciente está en marcha permitiendo que los conflictos se agraven por más que no nos interese, o tan sólo por casualidad. A veces el mejor razonamiento no es tan importante como las sillas en las estamos sentados.

Por otra parte, a veces para zanjar un conflicto vasta tan sólo un sorbo de té caliente o una carcajada. No nos reímos porque nos parezcamos graciosos, nos reímos porque nos sentimos más cerca el uno del otro. Nuestros cerebros se han reído mucho antes de que pudiéramos hablar y aún hoy reaccionamos extraordinariamente bien ante unas buenas risas.

“Cuando intentas inventarte un cuento para contárselo a su hija por la noche, piensas en ello cognitivamente pero las ideas te surgen en la cabeza. Estás teniendo una experiencia inconsciente y tienes cierta sensación de control sobre lo que estás pensando, pero si eres sincero, la mayoría de las cosas están surgiendo en tu mente consciente, así que creo que la cuestión interesante no es hasta qué punto es consciente y subconsciente sino hasta qué punto las computaciones son capaces de generar opciones adaptativas, buenas decisiones.”

El laboratorio de Antonio Rangel, situado en Pasadena, estudia porqué compramos lo que compramos y porqué nuestra mente experimenta placer al comer o beber. A veces invita a un vino a sus sujetos mientras están tumbados en la resonancia magnética.

A través de un tubo de plástico Rangel les da sorbos de vino tinto directamente en la boca. Con cada sorbo de Cabernet Sauvignon, a los catadores de vino aficionados se les dice el precio de la botella. Sin embargo Rangel les está dando el mismo vino dos veces; una vez como si costase 70€ y la otra como si fuera un vino de 7€.

Con un precio de 70€, el mismo Cabernet Sauvignon activa la región del placer del córtex cerebral, pero con un vino de 7€ el cerebro se divierte mucho menos. Nuestro consciente toma nota del precio y ya sólo eso influye en el sabor, al margen de la calidad del vino.

“Lo que debería aprender una empresa de esto. Una lección es que deberían tener cuidado con la elección de los precios, porque no sólo pueden afectar a la decisión en el momento de la compra, sino también a la experiencia posterior. Afectarán a las futuras compras y al gusto que las personas desarrollen y su respeto por sus productos. Así que recuerden: lo que el estudio nos demuestra es que no es una ilusión, es muy real. Para el cerebro, creer que es un vino mejor conduce a más placer.”

Con que cree ser un comprador consciente… pues más le vale reconsiderarlo.

¿Por qué, por ejemplo, las frutas y las verduras suelen entrarse a la entrada del supermercado? Porque los alimentos sanos en el carro de la compra apaciguan a la persona negativa que llevamos en nuestra mente, así que después echamos de todo en el carro. Pongamos lo que pongamos en el carro, nuestro cerebro ya lo ha discutido antes de que intervenga el consciente.

El núcleo accumbens, fabricante y memoria inconsciente de todos los buenos sentimientos, indica por su incremento de actividad que le gustan esos bollos sumamente dulces. Sabe que nos encanta el azúcar e inunda el cerebro de dopamina. Y nos llevamos un buen lote.

El antagonista, y por tanto el aguafiestas de todas las compras, es el córtex insular. Lo activan los olores putrefactos, los chistes malos y cualquier cosa que nos disguste, como un precio demasiado elevado. Si esta parte del córtex se alborota, no compraremos nada, pase lo que pase.

Cuanto más se excita el núcleo accumbens, más llenamos el carrito. Si el córtex insular se impone, nos volvemos tacaños. No decidimos racionalmente en ninguno de los dos casos. Sencillamente hacemos caso a nuestra voz interior. Si no podemos permitirnos algo que queremos comprar, la amígdala interviene también.

Para este botón del pánico inconsciente que tenemos en el cerebro, una posible pérdida es el doble de mala que una posible ganancia, lo que nos salva de inversiones arriesgadas.

A fin de cuentas, los manirrotos no son más irracionales que los tacaños. Tan sólo obedecen a distintos circuitos inconscientes. Ocasionalmente es útil activar nuestra mente consciente, el intelecto. Puede señalarnos riesgos para la salud o cuentas vacías, pero también puede reprimir nuestros centros límbicos. No puede desconectarlos completamente.

Pero ir en piloto automático también tiene su lado bueno. De otro modo nos pasaríamos horas delante de los estantes, incapaces de decidirnos por nada.

En piloto automático somos rapidísimos, sobretodo con los productos que ya conocemos.

“Uno de los mejores ejemplos de contemplar el mundo a través de las actitudes es observar nuestros recuerdos. Nuestros recuerdos no son literales, están reconstruidos para encajar en una historia.”

Pero Snyder quiere desconectar nuestros recuerdos.

“Tom, le vamos a mostrar cierta cantidad de objetos en la pantalla, doce, y luego le vamos a preguntar: ¿los ha visto antes?”

Todos los sujetos hallan rápidamente el patrón, sin embargo se vuelven ciegos ante los detalles. Para desconectar los filtros inconscientes que le impiden ver el mundo como es, Allan Snyder y Richard Chi paralizarán el lóbulo temporal izquierdo de Tom con impulsos eléctricos.

“No tenemos acceso consciente a cómo formula las ideas el cerebro. En resumidas cuentas, lo que vemos es la información después de ser combinadas en ideas holísticas y conceptos y etiquetas.”

“Está claro que a veces nuestras intuiciones y nuestros impulsos son erróneos. Por ejemplo hay estereotipos culturales sobre la gente en nuestras sociedades; que no son listos, que son vagos o lo que sea, y de niños nos empapamos de esas influencias culturales por la tele, por nuestros compañeros, por nuestros padres y demás, y están ahí, las tenemos ahí dentro y también hay efectos implícitos, así que tenemos prejuicios que no deberían estar ahí.”

La prueba de asociación implícita revela prejuicios ocultos que todos tenemos pero que negamos conscientemente. Los sujetos deben clasificar las fotos o los términos en ciertas categorías. Pero la cosa se pone interesante cuando se combinan dos categorías que podrían ser contradictorias conforme a los prejuicios comunes. Por ejemplo, personas blancas o malo, en contraste con personas negras o bueno. La mayoría de los sujetos, independientemente de que sean blancos o negros, son más lentos en esta tarea o cometen más errores ya que todos actúan contra prejuicios inconscientes, aun cuando conscientemente no tenemos ninguno.

“Suceden cosas que no deseamos, que no sabemos por qué ocurren, y sin embargo dirigen nuestro comportamiento.”

“Desde el punto de vista evolutivo no es muy ventajoso ser capaz de pensar en todo lentamente e imaginar soluciones novedosas, porque queremos ser rápidos con lo conocido.”

Las decisiones en un mundo complicado siempre conllevan riesgos. La invención de los simuladores de vuelo, como vemos en Ámsterdam, redujeron los accidentes causados por fallos humanos en más de un 70%. En un millón de decisiones los pilotos de hoy cometen menos de 4 errores.

Eso es porque un simulador adiestra a nuestro cerebro para hacer lo que mejor se le da: procesar millares de datos simultáneamente y poner los resultados en una emoción. Nuestra consciencia interviene una fracción de segundo después y puede revisar los mensajes… Pero como cualquier instrumento de una aeronave, hasta nuestro cerebro automático es susceptible de cometer errores.

“Quizás lo mejor que se pueda hacer sea tomar tu decisión, muy bien, pero luego hacerlo en otro sitio, pensar en ello en otro sitio completamente diferente, o al día siguiente, o en otro lugar donde haya una situación totalmente diferente, influencias aleatorias. Ahora si tomas la misma decisión una vez, dos veces, luego tienes más confianza al respecto pero quizás no sientas lo mismo en esta otra situación, ya que están sucediendo otras cosas. Así que si tomas esa decisión cuando cambia el contexto, y todas esas situaciones e influencias de que estamos hablando son distintas, y aún así tomas la misma decisión, quizás eso sea algo en lo que puedas confiar.”

Así que no sabemos si Martha y Jake acabarán felices y comerán perdices. Sólo nos lo hemos inventado para que se entretuvieran, pero la historia inventada ya ha dejado una impronta en su mente, sólo porque su cerebro ha decidido seguir mirando. A estas alturas se han tendido nuevas redes en su mente ya que nuestro cerebro cambia con cada nueva experiencia.

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Publicado el 30/09/2013 en Docus. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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