El cristal de Tutankamón

El cristal de Tutankamón
Al filo de lo imposible
58 min
2013

En 1922, en el Valle de los Reyes, una expedición británica descubrió la tumba de un joven faraón de la 17ª dinastía. Protegida por varias puertas selladas, la cámara funeraria se había mantenido intacta y a salvo de los saqueadores de tesoros. El tesoro de Tutankamón iba a convertirse en el más célebre hallazgo arqueológico del siglo XX.

Los principales protagonistas del fabuloso descubrimiento fueron 2 ingleses: Howard Carter y Lord Carnarvon, que habían perseguido su sueño durante 7 años.

Después de meses de arduos trabajos apareció la cámara real, donde encontraron, entre otras maravillas, un gran sarcófago recubierto de oro y joyas preciosas que contenía la momia del faraón.

Carter calculó que a pesar de la opulencia del féretro, de los 27 faraones que fueron enterrados en el Valle de los Reyes, Tutankamón era sin duda el menos importante.

Pero con aquella excavación comenzó también la leyenda de la maldición de la momia. Poco después murió Lord Carnarvon a causa de la picadura de un insecto, y a los 7 años siguientes, salvo Carter, fallecieron casi todos los integrantes de la expedición.

… pero entre las joyas del tesoro de Tutankamón se esconden más misterios. En el pectoral del faraón se encontró un escarabajo tallado en un cristal verde más escaso aún que el diamante.

La existencia de este cristal se remonta a millones de años atrás y sólo aparece diseminado en una pequeña superficie de unos 40 km² en pleno desierto Líbico. En realidad no es un cristal, sino un vidrio, y los expertos no parecen ponerse de acuerdo al explicar su origen.

Pero hay otro misterio. ¿Cómo llegaron los antiguos egipcios hasta este lugar de desolación absoluta? Un sitio que jamás pisan las tribus nómadas que cruzan el desierto. Y… ¿cómo conocían el valor de esta piedra única?

El punto de partida de nuestro viaje es el oasis de Siwa, el más importante al oeste del Nilo. Siwa era el lugar donde se encontraba el templo de ZeusAmón, uno de los 3 grandes oráculos de la antigüedad.

Antes de la invasión de Persia, el propio Alejandro Magno se desplazó hasta Siwa para consultar al oráculo si sus planes de conquista eran propicios.

El poder del oráculo era inmenso. En el año 520 a.C., el rey persa Cambises quiso destruir el templo, pero según el historiador Heródoto, su ejército fue sorprendido no muy lejos de aquí y enterrado bajo una tormenta de arena. La búsqueda de los restos de esos 50.000 soldados aún apasiona a historiadores y arqueólogos.

En el desierto tuvo lugar uno de los enfrentamientos decisivos de la contienda. En el gigantesco campo de operaciones del Sahara, desarrollaron su talento 2 de los mayores genios militares de la guerra: el mariscal alemán Erwin Rommel y el mariscal británico Bernard Montgomery.

Rommel había llegado al norte de África para ayudar a sus aliados italianos. Al frente de las 2 divisiones blindadas de Afrika Korps, Rommel llevó a sus tropas de Libia a Egipto hasta las mismas puertas de Alejandría en una casi ininterrumpida serie de victorias. Su audacia y su astucia pronto se hicieron legendarias, y los ingleses lo apodaron “el zorro del desierto”.

La batalla de El Alamein, un tremendo choque de ejércitos blindados, fue la peor derrota del Afrika Korps y cambió el rumbo de la guerra en el desierto. Desde entonces los aliados tomaron la iniciativa y no se detuvieron hasta expulsar a los alemanes de África.

Un medio tan hostil requería de un grupo de inteligencia que guiase a los ejércitos hasta sus objetivos. Por eso mismo, en los servicios de espionaje de Rommel, trabajaba un hombre que conocía a la perfección el desierto y era un apasionado de los automóviles. Lazlo Almasy había sido un pionero de la exploración en el Sahara occidental y se había ganado el respeto de los beduinos que lo apodaban Abu Rammda, padre de las arenas.

Almasy puso su enorme experiencia al servicio del bando alemán, del mismo modo que Bagnold lo hizo del lado de los británicos.

Como Rommel y Montgomery, ambos reprodujeron un duelo entre caballeros en medio del horror de la guerra.

Almasy era capitán en la reserva de las fuerzas húngaras al estallar la guerra. Años atrás, como Bagnold y otros exploradores del desierto, estaba obsesionado por encontrar el mítico oasis de Zerzura, aquella ciudad de fábula custodiada por un pájaro blanco. Sin embargo, en uno de sus muchos viajes al desierto de Libia, en 1933, Almasy hizo uno de los hallazgos del siglo. Descubrió al oeste de Gilf el Kebir una cueva prehistórica [Cueva de los Nadadores] que pronto pasó a ser considerada como “la Altamira del Sahara”.

Con el descubrimiento de estas pinturas rupestres, Almasy demostró que aquel yermo estéril había sido un asentamiento humano miles de años atrás. Pero lo más asombroso, eran las figuras de hombres y mujeres nadando, que evocaban un mundo de ríos y lagos, de vegetación, de jirafas y leones, un paraíso desaparecido que una vez existió en lo que hoy es uno de los lugares más secos de la Tierra.

Estas pinturas, que tienen unos 8.000 años de antigüedad, son únicas dentro del arte rupestre del desierto. Un cómic superpuesto de varias generaciones. Alguien ha llamado a esta cueva “la Capilla Sixtina del Sahara”. Su descubrimiento confirma que la Cueva de los Nadadores de Almasy no es un hecho aislado y corrobora la existencia de una civilización llena de vida y agua que vivió milenios atrás en este remoto lugar del Sahara.

Las pinturas que descubrió Almasy no sólo nos demuestran que los hombres disfrutaron del agua en esta desolación mucho tiempo atrás. Además nos enseñan que somos muy vulnerables ante los cambios climáticos, algo que no deberíamos olvidar nunca.

Los amonites deben su nombre a su forma de cuerno, que recuerda la cornamenta del dios Zeus-Amón. A pesar de los milenios transcurridos, este lugar parece haber brotado ayer del fondo del mar.

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Publicado el 05/09/2013 en Píldoras. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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