La Crónica de Akakor

La crónica de Akakor

Portada del libro “La crónica de Akakor”

Título: La crónica de Akakor
Autor:
Karl Brugger
Páginas: 193
Año: 1976

En 1972 Karl Brugger, escritor y periodista alemán especializado en culturas indígenas americanas que se encontraba trabajando en Brasil, a través del piloto de aviones suizo Ferdinand Schmidt conoció en Manaus a Tatunca Nara (gran serpiente de agua), príncipe de una tribu perdida del Amazonas, que le contó la apasionante historia de su civilización a lo largo de 15.000 años, historia que Brugger grabó en 12 cintas magnetofónicas que acabaría transcribiendo para publicar este libro que se convirtió en un best-seller en su momento.

En él se explica, a través de las palabras de Tatunca Nara, nacido en 1937 y que hablaba también alemán debido a que era hijo de Reinha, una misionera alemana, y de Sinkaia, el gobernante de su milenaria tribu Ugha Mongulala, La Crónica de Akakor. Así es como este pueblo, el pueblo elegido por los dioses venidos de las estrellas, llama a su historia que originalmente fue escrita con jeroglíficos en vasijas y pieles de animales y luego en pergaminos.

La historia de esta misteriosa civilización se remonta al año 13.000 AC, que es cuando los dioses llegaron a la Tierra y seleccionaron a las tribus elegidas para darles el conocimiento, aunque para ellos la “hora cero”, que es como los Ugha Mongulala la llaman, es el momento en el que los dioses partieron de vuelta a su planeta de origen hacia el 10.481 AC. Desde entonces hasta el momento de relatar la historia, grandes catástrofes, la llegada de los godos, de los alemanes (nazis) o de los Blancos Bárbaros, la creación de ciudades como Tiahuanaco, Machu Picchu o Cuzco y las distintas guerras acontecidas entre tribus son algunas de las interesantes y entretenidas cosas que se narran.

La crónica se encuentra dividida en 4 libros:

  • El Libro del Jaguar, que trata de la llegada a la Tierra por parte de los dioses y del período hasta la segunda catástrofe mundial.
  • El Libro del Águila, que abarca el período comprendido entre el 6.000 y el 11.000 (según el calendario de los Ugha Mongulala) y describe la llegada de los godos.
  • El Libro de la Hormiga, que describe la lucha contra los colonizadores españoles y portugueses tras su desembarco en Perú y Brasil.
  • El Libro de la Serpiente de agua, describe la llegada de los 2.000 soldados alemanes a Akakor y su integración con el pueblo de los Ugha Mongulala, aparte de profetizar una 3ª gran catástrofe.

Además se incluye al final del libro un apéndice en el que el escritor expone los resultados de sus investigaciones en archivos brasileños y alemanes y sitúa los descubrimientos y acontecimientos sucedidos a través del tiempo y de la historia que encajan o pueden confirmar la crónica que le contó el también misterioso (porque en este libro y en esta historia hay un puñado de cosas misteriosas) Tatunca Nara.

Los Dioses

Los dioses, como hemos dicho, llegaron al planeta en el 13.000 AC según la crónica de los Ugha Mongulala. Vinieron de un poderoso imperio formado por muchos planetas, la constelación de Schwerta, tan numerosos que ambos mundos, el de los Maestros Antiguos o Padres Antiguos (los dioses) y la misma Tierra, se encuentran el uno al otro cada 6.000 años, que es el momento en el que regresan los Dioses.

130 familias de los Dioses vinieron a la Tierra y seleccionaron a las tribus, convirtiendo a los Ugha Mongulala en sus Servidores Escogidos y les legaron su enorme imperio tras su partida.

Estos dioses eran de apariencia humana, de carne y hueso, con poblada barba y el signo distintivo que los diferenciaba de los terrestres es que poseían seis dedos en cada una de sus manos y en cada uno de sus pies, lo cual era característico de su origen divino. Además, y entre otras muchas cosas,

poseían naves más rápidas que el vuelo de los pájaros; naves que llegaban a su punto de destino sin velas y sin remos, tanto por la noche como por el día. Tenían piedras mágicas para observar los lugares más alejados de modo que podían ver ciudades, ríos, colinas y lagos. Cualquier hecho que ocurriera sobre la Tierra o en el cielo quedaba reflejado en las piedras.

Eran bondadosos y sabios y enseñaron a los terrestres a conocer las cosas más pequeñas y las más grandes, la materia, los movimientos de las estrellas, las relaciones en la naturaleza, el poder de la espiritualidad, que hay vida más allá de la muerte, cómo hacer que los objetos puedan volar por el espacio, cómo curar sin tocar el cuerpo de los enfermos, la telepatía, etc.

Karl Brugger

Karl Brugger, autor de La Crónica de Akakor

Tatunca Nara comenta que en el momento de hacerse con el trono de su tribu, y como parte del ritual previo, llegó a ver en el Gran Templo del Sol, en la ciudad subterránea de Akakor, 4 cuerpos de los dioses, 3 de hombres y 1 de mujer, cubiertos por un líquido hasta el pecho como en una especie de animación suspendida.

Como vemos, y con esto ni de lejos queremos decir que todo sea falso sino todo lo contrario, la venida de los dioses (extraterrestres), su aportación a la humanidad y su promesa de volver son tópicos y típicos de la mayoría, si no todos, de los pueblos ancestrales del planeta.

Hay que mencionar que no sólo estaban los dioses “principales”, los Maestros Antiguos; había también otra nación de dioses que era enemiga de los primeros, éstas también con apariencia humana, muy peludos, con la piel rojiza y 5 dedos en cada mano y pie como nosotros. Pero según la crónica “de sus espaldas crecían cabezas de serpientes, de tigres, de halcones y de otros animales” y poseían el mismo nivel tecnológico que los protectores del pueblo de Tatunca Nara. Ambos grupos de dioses, como se comenta más tarde, batallaron entre sí.

Añadir que es curioso el parecido que hay entre el acercamiento del planeta de los dioses con la Tierra, que sucede cada 6.000 años, y el de Nibiru, el planeta de los Anunnaki, ese SHAR sumerio equivalente a los 3.600 años que dura la órbita de este planeta y, por lo tanto, el tiempo que tarda en pasar cerca del nuestro.

Los Ugha Mongulala

Según explica Tatunca Nara su pueblo es el único de piel blanca sobre el continente, resultado de los emparejamientos que hubo entre los dioses y el pueblo elegido.

Al respecto del color blanco de la piel de los Mongulala, y de su mezcla con los alemanes y de las amazonas, temas estos 2 últimos de los que se hablará luego, Brugger explica en el apéndice que no hace mucho años

el Servicio Brasileño de Protección India descubrió en la región de Altamira a unos indios de piel blanca y de ojos azules. En Acre, los colonos blancos fueron atacados por unos indios que eran «altos, bien formados, muy hermosos y de piel blanca». Pero el descubrimiento más asombroso lo realizaría un grupo de reconocimiento de un puesto fronterizo brasileño en el área del Pico da Neblina: estableció contacto con una tribu india en la que las mujeres desempeñaban el papel predominante.

Los Ugha Mongulala no tienen ni posesiones ni propiedades personales ya que la tierra pertenece a todos por igual. Todos han de cumplir con sus deberes para con la comunidad, iniciando sus propias familias a la edad de 18 años con un curioso ritual en el que si un hombre se siente atraído por una mujer, éstos vivirán 3 meses en la casa de los padres de él en una especie de período de prueba en el que no podrán practicar ningún tipo de contacto carnal (nada de sexo). Si después de este tiempo el joven sigue interesado en la chica, el sacerdote declarará el matrimonio y la pareja intercambiará, en presencia de todos los miembros de la comunidad, unas sandalias como símbolo de su fidelidad mutua.

Tatunca Nara

Tatunca Nara, el supuesto príncipe de los Ugha Mongulala

Con el fin de evitar la miseria y el hambre, a cada familia se le permite tener sólo 2 hijos, y cuando esto sucede un sacerdote proporciona una droga a la mujer para que quede estéril. No creen en el divorcio y como mucho lo que puede hacer una pareja es que ambos miembros vivan separados, ya que creen que sólo aquellos que conocen un solo hombre o una sola mujer pueden ser realmente felices. Un nuevo matrimonio significaría el exilio obligatorio, que era el mayor de los castigos hasta la llegada de los alemanes, que introdujeron la pena de muerte entre otras cosas.

Cuando alguien muere, su familia separa la cabeza y quema el cuerpo. Luego los sacerdotes levantan la cabeza ante el Sol naciente como signo de que el fallecido ha cumplido sus deberes para con la comunidad. Acto seguido la cabeza es conservada en uno de los nichos funerarios del Gran Templo del Sol.

Muchas de estas leyes fueron promulgadas por Lhasa, el Hijo Elegido de los Dioses, un gran legislador e innovador cuyo reinado duró 300 años y que sentó las bases del poderoso imperio que se extendería por mucho tiempo a lo largo de casi todo el Amazonas y en las montañas de los Andes. De Lhasa, así como de su hermano, se explica en el libro que

a menudo Lhasa estaba ausente con su disco volante. Visitaba a su hermano Samón. Volaba al poderoso imperio del Este. Y llevaba consigo una extraña vasija que podía atravesar el agua y las montañas.

Disponen de un ejército de los señores de la guerra que protege el país y un ejército de sacerdotes que son los encargados de proteger el legado de los Dioses. Además otras tribus amigas de curiosos nombres (como la Tribu que Vive sobre el Agua, la Tribu de los Comedores de Serpientes, la Tribu de los Caminantes, la Tribu de los que se Niegan a Comer, la Tribu del Terror Demoníaco  y la Tribu de los Espíritus Malignos) rendían tributos a los Ugha Mongulala con cosas como oro, plata, miel de abejas, carne o fruta.

Para ellos el pan era el signo de la vida y el agua el de la muerte. Hablaban el idioma quechua que, según explica Tatanca Nara, se compone de 1.400 símbolos que producen significados distintos según su secuencia.

Las ciudades

Una de las cosas que los dioses hicieron es legar a los Ugha Mongulala sus ciudades, templos y fortificaciones, donde luego este pueblo habitó. También enseñaron a construirlas, con lo que este pueblo de elegido llegó a tener (muchas fueron destruidas por ellos mismos para que los conquistadores no pudieran localizarlas), 26 ciudades, 13 de las cuales eran subterráneas en cuevas enormes hechas por el hombre y su plan correspondía al de la constelación de donde vinieron los mismos dioses.

Las mayores eran Humbaya y Patite, en el país llamado Bolivia; Emin, en las zonas bajas del Gran Río; y Cadira, en las montañas del país llamado Venezuela. Pero todas ellas quedaron completamente destruidas por la primera Gran Catástrofe que ocurrió trece años después de la partida de los Dioses.

Además de estas poderosas ciudades, los Padres Antiguos erigieron tres recintos religiosos sagrados: Salazere, en las zonas altas del Gran Río; Tiahuanaco, sobre el Gran Lago: y Manoa, en la llanura elevada del Sur. Eran las residencias terrestres de los Maestros Antiguos y un lugar prohibido para los Ugha Mongulala. En el centro se levantaba una gigantesca pirámide, y una espaciosa escalera conducía hasta la plataforma en la que los Dioses celebraban ceremonias desconocidas por nosotros. El edificio principal estaba rodeado de pirámides más pequeñas e interconectadas por columnas, y más allá, sobre unas colinas creadas artificialmente, se situaban otros edificios decorados con láminas que resplandecían. Cuentan los sacerdotes que con la luz del Sol naciente las ciudades de los Dioses parecían estar en llamas. Éstas radiaban una misteriosa luz, que se reflejaba en las montañas nevadas.

En el centro de las grandes ciudades interiores se sitúa Akakor inferior, edificada sobre una cueva gigantesca que estaba iluminada, como todas las demás, por la luz del sol que se abría paso hasta llegar a enormes espejos de oro o plata que reflejaban su luz. Akakor superior se encuentra situada sobre un valle elevado en las montañas en la zona fronteriza entre Perú y Brasil.

La capital del territorio, Akakor, fue construida hace 14.000 años por los antepasados de este pueblo con la ayuda de los Maestros Antiguos y el nombre se lo pusieron los dioses: Aka significa «fortaleza» y Kor significa «dos», ya que es la segunda fortaleza. Así que hubo una primera, Akanis, que estaba situada sobre un estrecho istmo en México, en “el lugar donde los dos océanos se tocan”. Y también hubo una tercera, Akahim, que no aparece mencionada en la crónica hasta el 7315 (partiendo de la hora cero) y que se sitúa en la frontera entre Venezuela y Brasil.

En esta última, situada según la Crónica de Akakor en la región de las zonas altas del Orinoco, en las laderas orientales del Pico da Neblina, la montaña más alta del Brasil, es la que fue llamada por los conquistadores “El Dorado”, por la gran cantidad de oro con la que había sido construida, y donde habitaban las amazonas, valientes mujeres guerreras que lucharon contra los invasores extranjeros durante siete años y que finalmente, después de quedar agotadas, destruyeron la ciudad y se retiraron al interior de las residencias subterráneas.

De las amazonas se cuenta también algo curioso:

Según la leyenda, en la luna llena las amazonas se descolgaban desde las montañas cercanas hasta el lago para encontrarse con sus amantes, que las aguardaban. Sumergían en el lago unas extrañas piedras que, bajo el agua, podían amasarse como el pan, pero que en tierra firme eran rígidas y compactas. Las amazonas denominaban a estas rocas Muiraquita y se las regalaban a sus amantes.

Y son muchos los lugares de este planeta donde se han encontrado piedras que parecen haber sido de plastilina alguna vez, como las de la fortaleza de Sacsayhuamán, en Cuzco, o como las rocas de Asuán en Egipto.

Otras ciudades subterráneas eran Budu, Aman, Kos, Tal, Sikon o Kish, nombre este último que también nos recuerda el de otra ciudad Kish, la primera ciudad real de los sumerios tras el diluvio. En ellas vivían miles y miles de personas, estaban intercomunicadas por túneles y disponían de canales que hacían llegar el agua desde las montañas.

Akakor, por ejemplo, está rodeada por una gran muralla de piedra con trece puertas (el número 13 se repite) tan estrechas que únicamente permiten el acceso de las personas de una en una.

Ciudad de Akakor

Plano de la ciudad de Akakor superior con sus 13 entradas. Está dividida en 4 partes que simbolizan los 4 puntos cardinales y en el centro se encuentra el Gran Templo del Sol, que mira hacia el este.

También este pueblo fue el responsable de la construcción de la ciudad sagrada de Machu Picchu, que era la ciudad de Lhasa (mismo nombre que tiene la capital del Tibet), ciudad que se oculta(ba) en, y era protegida por, la escarpada Montaña de la Luna.

También explican la creación de Cuzco, la ciudad de las cuatro esquinas del universo, el nombre que le dio su creador, Viracocha, segundo hijo del príncipe Sinkaia, cuya historia empieza en el 2470 AC y que por infringir el legado de los dioses (reclamaba para sí la soberanía sobre los Ugha Mongulala) fue expulsado del pueblo y acabó uniéndose a la Tribu que Vive sobre el Agua (una de las muchas tribus que componían el imperio) y llevándolos a un valle situado en las montañas de los Andes donde construyó la también famosa ciudad donde nacería otro pueblo hermano de los Ugha Mongulala, un nuevo imperio, el de los incas, los Hijos del Sol.

Curiosamente en la crónica se habla de Viracocha como Viracocha El Degenerado; así pues la imagen que este pueblo tenía de él no era muy buena ni corresponde con lo que ha llegado a nuestros días por parte de los incas.

En relación a Cuzco se explica, por ejemplo, la construcción de un túnel subterráneo que une dicha ciudad con el patio interior de la catedral de Lima, del mismo modo que explican que hay multitud de túneles “secretos” que unen las principales ciudades de los Ugha Mongulala, en algunos de los cuales, que en su momento estaban iluminados, había unas piedras negras, “piedras horarias” según ellos, hundidas en los muros a intervalos regulares para marcar las distancias.

Grandes catástrofes

Otra cosa que encontramos en las historias de los distintos pueblos ancestrales del planeta son las catástrofes, y los Ugha Mongulala no eran menos en este sentido.

Según ellos había habido 2 grandes catástrofes que asolaron el planeta, la primera poco después de la partida de los dioses, en el 10.468 AC, que destruyó numerosas ciudades y cambió la configuración de los continentes, inició “la era de la sangre” que duró unos 6.000 años, en la que el hambre y las guerras acabaron con millones de personas, y la segunda en el 3.166 AC, momento en el que volvieron los dioses.

Esquema de las 13 ciudades subterráneas

Esquema de las 13 ciudades subterráneas, siguiendo la estructura de la constelación de Schwerta, el hogar de los Dioses: 1) Akakor 2) Sikon 3) Tat 4) Aman 5) Kos 6) Songa 7) Mu 8) Tanum 9) Gudi 10) Boda 11) Riño 12) Kish 13) Budu

Es en esta segunda donde también encontramos un diluvio universal como se explica en la Biblia (que como ya hemos explicado en más de una ocasión proviene también de la historia narrada por otros, como los sumerios, muchos años antes), en cuyo caso fue un valeroso guerrero de nombre Madus el que construyó una balsa para ayudar a los animales, tomando un par de cada uno de ellos y subiendo, debido al ascenso del nivel del agua, hasta la cima del Monte Akai, la montaña del destino de las Tribus Escogidas.

Además este pueblo también tiene profecías, como la que indica que en el año 12.462 (1981 según nosotros) sobrevendría la tercera Gran Catástrofe que destruiría la Tierra, cosa que por suerte no ha sucedido o yo por lo menos no me he enterado…

La catástrofe se iniciaría allí donde Samón estableciera su gran imperio. En este país estallaría una guerra que lentamente se iría extendiendo por toda la Tierra, haciendo que los Blancos Bárbaros se destruyeran los unos a los otros con armas “más brillantes que mil soles”, de lo cual sólo unos pocos sobrevivirían y entre ellos estaría el pueblo de los Ugha Mongulala, que permanece refugiado en las residencias subterráneas.

De Samón no se cuenta demasiado. Era el hermano de Lhasa y ambos eran dioses que no volvieron a su planeta después de la 2ª venida a la Tierra que se produjo en el 3.166 AC. Se explica de Samón que fundó su imperio en el este, sobre un gran río situado más allá del océano oriental, lugar que correspondería con Egipto, imperio con el que el pueblo elegido tenía una relación y contacto habitual.

Con respecto a la posibilidad de la llegada de egipcios al para-nada-Nuevo-Mundo se explica en el apéndice:

Pero las indicaciones más claras se encuentran en la Amazonia y en el estado federal brasileño de Mato Grosso: inscripciones de varios metros de altura que se encuentran en las caras de rocas difícilmente accesibles exhiben de un modo incuestionable las características de los jeroglíficos egipcios. Fueron recogidas e interpretadas por el investigador brasileño Alfredo Brandáo en su obra en dos volúmenes A Escripta Prehistórica do Brasil. En su prólogo escribe: «Los navegantes egipcios dejaron sus huellas por todas partes, desde la desembocadura del Amazonas hasta la bahía de Guanabara. Tienen una antigüedad de unos 4000-5000 años, y podemos por ellas conjeturar que las comunicaciones por mar entre los dos continentes se interrumpieron en una fecha posterior». Según la Crónica de Akakor, las relaciones entre Egipto y América del Sur se interrumpieron en el cuarto milenio a. de C., al destruir las tribus salvajes la ciudad de Ofir, que había sido construida por Lhasa.

Aprovechamos para mencionar 2 ejemplos de conexión precolombina entre continentes tan distantes, para aquellos que siguen pensando que esto es imposible que sucediera: la Fuente Magna y el Monolito de Pokotia que están en el Museo del Oro de La Paz, en Bolivia, encontrados en Tiahuanaco y que contienen escritura cuneiforme y proto-cuneiforme (la escritura propia de los sumerios, acadios, hititas y otros tantos pueblos de la antigüedad que se localizaron bien lejos de Sudamérica).

Esta catástrofe, la tercera como decimos, no sólo sería el inicio del retorno de los dioses sino que daría origen a una nueva era en la que los hombres, los animales y las plantas vivirán juntos pacíficamente siguiendo las leyes de la Naturaleza, que es a su vez el legado de los Padres Antiguos dejaron.

Extranjeros

Podemos decir que hay 3 “visitas” importantes en la crónica, exceptuando evidentemente la de los propios dioses o las visitas egipcias.

La primera es la de los godos, los guerreros que llegaron desde el este, según los Ugha Mongulala, cosa que habrían hecho hacia el 570 de nuestra era, algo que como hemos dicho antes no nos ha de extrañar a estas alturas ya que son muchas las evidencias encontradas de viajes intercontinentales en el pasado previo al Sr. Colón. Los godos fueron los “padres” de los visigodos y los ostrogodos.

La crónica explica que llegaron subiendo el gran río (el Amazonas) hombres valientes, fuertes, con niños y mujeres que iban en busca de sus dioses, ya que según ellos su historia derivaba también de criaturas divinas, y les explicaron que debido al hambre y otras tribus hostiles se habían visto obligados a partir hacia tierras extranjeras.

La segunda fue la llegada de 2.000 soldados alemanes (nazis, aunque los Ugha Mongulala nada sabían del nazismo y de su ideología) en plena Segunda Guerra Mundial, entre 1941 y 1945, y “gracias a la cual” nació Tatunca Nara. Su madre, que como hemos dicho era misionera alemana (había sido hecha prisionera junto a 3 mujeres más), después de convertirse en princesa de los Ugha Mongulala al casarse con el príncipe, se fue como embajadora a su país natal de donde volvió un año después con dirigentes nazis, momento en el que se estableció una alianza que haría llegar a los mencionados  soldados alemanes. Con el pasar de los años, éstos y los Ugha Mongulala acabaron mezclándose y acabaron hablando una mezcla de alemán y quechua.

Escritura de los Padres Antiguos

Escritura de los Padres Antiguos, los dioses de los Ugha Mongulala

El pacto no sólo establecía que los alemanes aportarían armas y tecnología al pueblo de Tatunca Nara para defenderse de los Blancos Bárbaros sino que éste ayudaría a los alemanes a posicionarse en Brasil para que éstos pudieran posteriormente reclamar para sí las provincias costeras y así poder hacer llegar submarinos y barcos nazis que, según el príncipe indígena, partían del puerto de Marsella.

También es un hecho constatado que submarinos nazis llegaron a Sudamérica y de sobras conocida su mitología aria, así como las numerosas expediciones que realizaran a lo largo y ancho del mundo en busca de sus orígenes y de objetos, hechos y datos que pudieran probar su superioridad racial y su descendencia directa de los dioses (curiosamente muchos de los nazis que se escaparon, o que fueron ayudados a escapar, al finalizar la guerra huyeron a América).

Como cuenta Brugger en el apéndice, si bien él no logró encontrar nada que probara lo que explicó Tatunca Nara sí es cierto que los alemanes estuvieron muy interesados en Brasil durante la Segunda Guerra Mundial con lo cual no sería descabellado lo explicado por Tatunca Nara.

Y por último, la más desagradable de todas sin duda alguna, la llegada o invasión de los españoles y de los portugueses a partir del 1532, que como ya sabemos hicieron poco de bien y mucho de mal, algo que aún en la actualidad siguen (¿seguimos?) haciendo, “el hombre blanco” en general, los occidentales, los que tan correctamente eran llamados por los Ugha Mongulala los Blancos Bárbaros.

Sirva el siguiente párrafo del libro como ejemplo:

Pedro Texeira, quien se enorgullecía de haber matado con sus propias manos a 30.000 salvajes, murió en el año 1641. Según las estimaciones del padre jesuita Antonio Veira, en un período de treinta años los conquistadores portugueses asesinaron a dos millones de indios de la jungla.

O éste:

El periódico londinense The Economist informaba en su número del 15 de mayo de 1968 sobre la situación de los indios brasileños: «La lista de crímenes es infinita. La versión original de la investigación de los resultados de la encuesta ordenada por el ministro del Interior, Albuquerque Lima, pesa más de 100 kilogramos. La versión reducida ocupa veintiún volúmenes con 55.115 páginas. Ésta recoge los crímenes contra las personas y las propiedades de los indios, desde asesinatos, prostitución y esclavitud hasta los problemas relacionados con la venta de sus tierras y de su artesanía.

Se ha robado todo el oro, plata y otros metales nobles que se ha podido, se han explotado y explotan todos los recursos naturales de Sudamérica, que no son pocos, se anuló de la historia la mayor parte de las culturas e historia de los distintos pueblos que habitaban el continente americano y, para rematar, se ha acabado y se sigue acabando con muchísimas vidas “porque sí”, como sólo los imperios destructores saben hacer.

Más allá de La Crónica de Akakor

Si ya de por sí la Crónica de Akakor contiene muchos misterios, hay que añadir lo acontecido el 3 de enero de 1984, día en el que el autor del libro, Karl Brugger, encontrándose junto con su amigo Ulrich Eucke en la playa de Ipanema, en Río de Janeiro, fue asesinado de un tiro realizado por un desconocido que después de disparar huyó. Lo poco que se pudo averiguar es que se había usado un arma habitual del personal militar.

Algunos creen que quien lo mató era Tatunca Nara, que no sería en realidad el príncipe de ninguna tribu sino un alemán de nombre Günter Hauck acusado de algunos asesinatos y desapariciones. El motivo para matar a Brugger podría haber sido una supuesta disputa que tenían ambos en cuanto a los royalties generados por la venta del libro (dinero, maldito dinero). Otros creen que Brugger iba a publicar imágenes y vídeos que confirmarían el asentamiento nazi en la Amazonia, motivo por el cual le habrían asesinado, y que después de su muerte el consulado alemán habría registrado su piso y se habría llevado documentación “sensible” para evitar que saliera a la luz.

La cuestión es que sigue siendo un misterio tanto quién lo mató como el motivo de tal acto.

Imperio de los Padres Antiguos

Imperio de los Padres Antiguos antes de la primera Gran Catástrofe. El continente del Norte y el del Oeste bien podrían ser La Atlántida y Mu o Lemuria, respectivamente

Hay que comentar que el libro está prologado por Erich Von Däniken, que se vio atrapado por esta historia del mismo modo que lo fue Brugger. Ambos realizaron varias expediciones en busca de la ciudad perdida de Akakor, y de otras del imperio de los Ugha Mongulala (y de otras leyendas similares, ya que son muchas las que hablan de ciudades perdidas), pero parece ser que nada encontraron.

De cuanto haya de verdad en toda esta historia no lo sabemos, pero es un hecho que gran parte de lo que explica coincide de un modo u otro con historias explicadas por otros pueblos ancestrales o con descubrimientos que con el pasar del tiempo se han ido realizando. No nos cabe la menor duda de que en el pasado llegaron a la Tierra seres venidos de las estrellas, los dioses, que intervinieron muy mucho en nuestra creación y evolución y cuya influencia, directa e indirecta, buena o mala, estamos viviendo aún en la actualidad.

Quedan muchas ciudades, templos y construcciones por descubrir en el planeta, sobre o bajo tierra o en las profundidades de lagos, mares y océanos. Quizás una de ellas sea Akakor y quizás algún día nos enteremos de que alguien la ha descubierto, corroborando así al menos una parte de la Crónica de Akakor.

Publicado el 21/01/2013 en Libros. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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